Esto que pertenece a Cantología Porcaz, espero en breve se publique...
A manera de aplausos
Cantante
canta
mientras yo me tumbo e el sillón para escucharte,
pero canta así desde la cicatríz de la quemada,
todos los días la misma gata, canta.
Porque nada sea lo mismo en tu canción, dame ese gusto,
accede a levantarte voz en vela hacia la vida,
porque eso es cantar: sentirse vivo :
cantar el agua que nunca se repite.
Cantar la vida que no es más que morirse, a pedazos,
cada vez en la garganta de otras bocas. Canta hoy,
cantante,anda.
sábado, 8 de marzo de 2008
sábado, 9 de febrero de 2008
Quicio

Por aquello del ego, acá está , por fin, Quicio, libro de poemas que publica Tierra Adentro.
Los poemas que recorren Quicio son muestra de la potencia que tiene la palabra como reconciliadora del mundo. Bajo la retórica de la introspección, el autor sumerge al lenguaje en el monólogo de la quietud, haciendo de cada poema una experiencia totalizadora. Desierto, fuego, además de la multiplicidad del tiempo el cual se logra desdoblar por el silencio, son los elementos comunes con los cuales el autor delinea su escritura. Con este libro Julio César Toledo, emprende un camino escritural signado en las ocupaciones y preocupaciones del mundo.
miércoles, 16 de enero de 2008
En palabrasmalditas.net
Con mucha reserva me he aventado a escribir textos narrativos pequeños; algunos de ellos pueden ser leído en el siguiente link, de palabras malditas:
http://www.palabrasmalditas.net/portada/index.php?option=com_content&task=view&id=853&Itemid=2
Ojalá lo disfruten.
http://www.palabrasmalditas.net/portada/index.php?option=com_content&task=view&id=853&Itemid=2
Ojalá lo disfruten.
lunes, 10 de diciembre de 2007
Buen fin de año!
Comparto con ustedes dos buenas noticias: aparece ya Qucio, bajo el sello del FETA, y ya ando por las elecciones afectivas (dénle al link de abajo pa' que me vean!). Gracias a Rodrigo por la inclusión.
lunes, 26 de noviembre de 2007
De lo último!
Desnuda la adolescencia (en Cuba)
Si algo añoro de la adolesencia es la desnudez.
La desnudez de adolescentes que sin razón danzaban en mi cuarto,
la mía de los domingos que bajo el sol maceraba su futura fruta
de tacto temeroso.
Extraño la desnudez de los chicos fumando,
sus cuerpos reposando lánguidos sin vello, dibujados por el humo
y yo extasiado
desnudo
mirando tanta piel reunida, de la que hice mi vocabulario.
Extraño la desnuda confianza con que Maité me escribía desde su isla,
la desnudez de ella misma cuando andaba toreando tiburones:
palpaba sus caderas oscuras
cantando (qué voz) eso de somos lo máximo...
Todo parecía mejor así, desnudo,
como celebrando al intemperie su existencia si necesidad de tapar nada,
como si en la piel desposeída habitara también la transparencia
del mundo que se fragua simple y pleno
Hoy, la furia de los años nos cae interminable en kilómetros de tela.
La vida adulta, sus chamarras,
cubren más de lo que alguna ves imaginamos ver,
ya la piel es clandestina actividad que no se nombra.
Antes,
ibamos desnudos por algunas alamedas,
sin presumir
la losana liviandad de nuestros vientres,
no insitabamos a nadie con esas airadas nalgas,
no;
Tampoco pretendimos nada.
Era una desnudez que andaba sola,
sin necesitarnos habitaba nuestros cuerpos.
Era, cómo decirlo, una desnudez muy natural.
También fuimos locos que tocamos todo lo que vimos en aceras,
salvajes adolescentes que andaban de pecho en pecho, de sexo en sexo jugando a ser los primeros pobladores de la tierra
(animales del asombro, nuevos ricos).
Fue por desnudez que nos tentamos, no por morbo ni con fines de hacer más ancho el orbe, no,
era pura y sencilla desnudez.
Ya pasados los días de encuerarse sin provocación alguna,
los chicos de glandes lisos y rosados
son robustos dueños de bodegas de ropa en toda talla,
ya no fuman, corren dos kilómetros cortitos todas las mañanas
eso sí
con ropa deportiva muy a doc.
Y Maité,
ay Maité,
ya sin isla
ataviada con ropa de finisimas y registradas marcas,
no va nunca al mar (dicen, que se baña vestida para no
recordar el ardor de la piel sin protección).
Yo, a veces, cuando puedo llenar mis pulmones de harta melancolía,
me quedo bajo el sol alguna tarde de domingo
y como homenaje a aquella época de encueros,
me desvisto
y junto con mi cuerpo, en un exhalo lento (posibles lágrimas secretas),
desnudo también mi alma.
Si algo añoro de la adolesencia es la desnudez.
La desnudez de adolescentes que sin razón danzaban en mi cuarto,
la mía de los domingos que bajo el sol maceraba su futura fruta
de tacto temeroso.
Extraño la desnudez de los chicos fumando,
sus cuerpos reposando lánguidos sin vello, dibujados por el humo
y yo extasiado
desnudo
mirando tanta piel reunida, de la que hice mi vocabulario.
Extraño la desnuda confianza con que Maité me escribía desde su isla,
la desnudez de ella misma cuando andaba toreando tiburones:
palpaba sus caderas oscuras
cantando (qué voz) eso de somos lo máximo...
Todo parecía mejor así, desnudo,
como celebrando al intemperie su existencia si necesidad de tapar nada,
como si en la piel desposeída habitara también la transparencia
del mundo que se fragua simple y pleno
Hoy, la furia de los años nos cae interminable en kilómetros de tela.
La vida adulta, sus chamarras,
cubren más de lo que alguna ves imaginamos ver,
ya la piel es clandestina actividad que no se nombra.
Antes,
ibamos desnudos por algunas alamedas,
sin presumir
la losana liviandad de nuestros vientres,
no insitabamos a nadie con esas airadas nalgas,
no;
Tampoco pretendimos nada.
Era una desnudez que andaba sola,
sin necesitarnos habitaba nuestros cuerpos.
Era, cómo decirlo, una desnudez muy natural.
También fuimos locos que tocamos todo lo que vimos en aceras,
salvajes adolescentes que andaban de pecho en pecho, de sexo en sexo jugando a ser los primeros pobladores de la tierra
(animales del asombro, nuevos ricos).
Fue por desnudez que nos tentamos, no por morbo ni con fines de hacer más ancho el orbe, no,
era pura y sencilla desnudez.
Ya pasados los días de encuerarse sin provocación alguna,
los chicos de glandes lisos y rosados
son robustos dueños de bodegas de ropa en toda talla,
ya no fuman, corren dos kilómetros cortitos todas las mañanas
eso sí
con ropa deportiva muy a doc.
Y Maité,
ay Maité,
ya sin isla
ataviada con ropa de finisimas y registradas marcas,
no va nunca al mar (dicen, que se baña vestida para no
recordar el ardor de la piel sin protección).
Yo, a veces, cuando puedo llenar mis pulmones de harta melancolía,
me quedo bajo el sol alguna tarde de domingo
y como homenaje a aquella época de encueros,
me desvisto
y junto con mi cuerpo, en un exhalo lento (posibles lágrimas secretas),
desnudo también mi alma.
jueves, 15 de noviembre de 2007
Un poemita publicado en Roma

Este poema, se publicará en breve en una revista literaria en Roma, Italia. Aquí lo dejo en una versión al italiano de Vicente Flores Militello: estimado amigo.
Acrofobia
Sólo he vuelto a probar
ese temor que aguija en las rodillas
cuando
desde algún puente o azotea
miro hacia abajo y siento
irracional
esas ganas de llorar.
Me paralizo,
me hinco irremediablemente ante la fuerza de ese miedo,
me rebasa, se apodera
de mi respiración volviendo todo abrupto,
látigo que todo lo cercena.
Éxtasis de umbral:
oscilo,
veo mi condición mortal de frente y
(sólo así)
me siento vivo.
Empapado de sudor cierro los ojos
y bendigo.
Así fue la primera vez
-vuélvete, infancia, a la memoria-
que oí su voz.
Sólo he vuelto a probar
ese temor que aguija en las rodillas
cuando
desde algún puente o azotea
miro hacia abajo y siento
irracional
esas ganas de llorar.
Me paralizo,
me hinco irremediablemente ante la fuerza de ese miedo,
me rebasa, se apodera
de mi respiración volviendo todo abrupto,
látigo que todo lo cercena.
Éxtasis de umbral:
oscilo,
veo mi condición mortal de frente y
(sólo así)
me siento vivo.
Empapado de sudor cierro los ojos
y bendigo.
Así fue la primera vez
-vuélvete, infancia, a la memoria-
que oí su voz.
Acrofobia
Ho riprovato soltanto
quel timore che punge nelle gionocchie
quando
da qualche ponte o tetto
guardo in giù e sento
irrazionale
quelle voglie di piangere.
Mi paralizzo,
m’inginocchio inevitabilmente davanti alla
forza di quella paura,
mi supera, s’appropia
della mia respirazione, facendo tutto
scosceso,
frusta che tutto mutila
Estasi di soglia:
oscillo
vedo la mia condizione mortale di fronte e
(soltanto così)
mi sento vivo.
Inzuppato in sudore chiudo gli occhi
e benedico.
Così fu la mia prima volta
-girati, infanzia, verso la
memoria-
che sentii la sua voce.
Versión: Vicente Flores Militello
lunes, 12 de noviembre de 2007
Festival de la palabra
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