martes, 27 de noviembre de 2012
Un regalo que me encontré para Horacio Kustos
viernes, 6 de julio de 2012
El nuevo libro de Job (Fragmento)
–Va a desayunar o sólo bebe café. –dijo como si se tratase de una madre que amenaza al más pequeño de sus hijos-.
–Café, por principio. –le respondí yo, intentando salvar el momento de su furia, toda vez que sabía que no pediría nada más–.
Ordené un americano, como suelo hacerlo, con una carga regular de café: ni muy aguado, ni cargado en exceso; que me permita saborear y alargar el sorbo. Y un poco de leche aparte, por si se requiere.
–Americano solo. –repitió en voz alta, al tiempo que anotaba en su pequeña libreta de comandas la desestimada orden que con tanto afán expliqué–.
–Pero no ha anotado mis comentarios. –Repliqué para que no hubiera lugar a confusiones–
Con los ojos crecidos, como si de un toro en tentadero se tratara, incluso creo haber escuchado algo similar a un bufido, dijo:
–Acá servimos americano, nada más. ¿O quiere usted ordenar otra cosa?
–Si no le gusta su trabajo, renuncie. –frase que, dicho de paso, me gusta repetir a todas esas personas que lo atienden a uno de mala gana; ya sea en el banco, en el mercado o locales de café como este–.
–Pues lo haría gustosamente, pero tengo tres hijos, y de no ser que usted vaya a mantenerlos, no puedo hacerlo.
–Claro, -dije riendo falsamente- yo debo cargar con culpas del fruto de la calentura reproductiva que la tiene atada a ese mandil. Además de ser víctima del odio a su trabajo.
–Mi trabajo me gusta, excepto en días en que gente como usted vienen con sus ínfulas de patrón a dar órdenes estúpidas.
Reí a carcajadas. Primero porque me pareció tremendamente cierto lo que decía, y pensé que el único motivo que ella podía tener para odiar su trabajo era yo, y si yo no me hubiera aparecido por ahí, no le aparecería el deseo fugaz e inconcretable de renunciar; eso me hizo mucha gracia. Pero también reí de nervio o de vergüenza, de no saber qué hacer con esa verdad (como un templo) que la mesera me rebelaba con su altanera respuesta.
–Es cierto –interrumpí mi carcajada, apenas pude hablar- soy yo el culpable. Pero debes saber (ya le hable de tú y no de usted) que he ido pagando dicha culpa desde muy pequeño. O, mejor, es que he abonado a esa deuda de a poco, para darme el lujo, ya de viejo, de tal posibilidad. No me odies a mí, odia tu trabajo, si quieres, por mi culpa. Yo ya hice quizá desde antes de que tú nacieras, lo propio.
No se rió. No estaba en su naturaleza el humor, pero sí esbozó una apenas visible sonrisa y repitió en voz alta:
–Americano regular, con un poco de leche aparte.
–Porque no mandas a la mierda ese mandil, y te pides un americano para ti, y me acompañas sentándote conmigo. –dije para mí más que hacia ella, sin la esperanza de que mi proposición surtiera efecto. Así fue, trajo de mala gana mi orden y siguió atendiendo las escasas mesas de jubilados latosos y señoras engañadas en busca de desahogo.
jueves, 16 de febrero de 2012
Ratas entre palomas
Lo peor de todo es que los argumentos literarios brillan por su ausencia. Todos son pleitos de mercado, de despechos pasionales sin lógica ni estructura. Un poeta escribe irónicos versos sobre otro que, siendo jurado, le otorga un premio a un tercero que no es amigo del primero, mientras goza de la lana del mismo premio en cuestión que ganó hace un par de años, cuyo jurado estuvo integrado por su amigo, el mejor. Otra vez la gansa al río, decía mi abuela; nomás asúmanse como lo que son y asunto resuelto. Y háganse versos de insulto por lo feos que ambos son, por los zapatos sin gusto que usan. No anden disfrazando de literatura sus envidias, ni le pongan acento intelectual a las mentadas.
Habría que decir que no podríamos esperar otra cosa que el chiquero, toda vez que el mundo de la cultura es espejo de la vida del país: su educación, sus gobernantes. Cobardes todos (usted también, no se haga) andamos echando rocas y escondiendo las manitas. No es que defienda el plagio, la falta de rigor; la estupidez ni lo falsario, es nomás que se me hace ojona la paloma, y con su carita de rata me temo que tiene también senda cola que le pisen. O de plano métanse a redentores, o vamos diciendo la verdad y asumiéndonos así, sínicos en serio, hacedores de la más sucia y fría guerra. O, también, si quieren, si no les es molesto, dedíquenle un tiempo a escribir y hablemos (o hable, pues, yo no me invito) de literatura.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Para inciar el año con cambio de vida...

Tome un trapo fébril pero viejito y enrédelo en su pelo.
Asuma el riesgo de que todo se confunda:
nada tiene en relidad bordes precisos.
Todo es todo;
haga el amor con cuanta hembra habita el globo.
Entonces vendrá la vida con recibos a cobrarle,
empeñará sus tardes en sacarle lo ganado
que será para ella lo perdido.
en rastas imposibles de su pelo:
No,
perdón que no le pague,
no tengo nada, soy de oficio renunciante.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Unos frgamentos de hace tiempo.
Noche 1
A pesar de ser la palabra el fundamento, oigo en el sueño una música de fondo, y la imagen borrosa se clarea: es algo parecido a un concierto. Un cantante, un guitarrista, hacen la noche mientras nadie (deliberadamente) los escucha. Sin embargo no es la soledad lo que se aprecia, es un breve tintineo, un murmullo; es la hechura más perfecta de la voz.
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Noche 2
Esta noche abrí los ojos antes que la música de radio que sirve, puntualita, como despertador. Desperté sobresaltado, escuchando pero en la memoria, una música estridente, parecida al heavy metal o al punk.
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Noche 3
El insomnio es otro sueño. Turbio, sin asideros. A veces hay imágenes precisas, las distinguimos, nos empeñamos en ellas. La música es diversa pero siempre suena como en aquellos tocadiscos que daban vueltas, donde una aguja reproducía el sonido garraspeante de los elepés.
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Noche 4
Una vez soñé que toreaba, con capote rojo y traje de luces. Durante el paseíllo comenzó a escucharse una guitarra muy andaluza. Después, en tono menor, supongo que era un chelo, una melodía más fuerte y dramática; en ese momento supe que el toro me iba a coger. Sonaron platillos cuando el toro introdujo en mi pecho su pitón.
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Noche 5
Dormir a tu lado siempre es mejor.
Siempre hay un arpegio que me incita a descansar, a dejarme ir por completo,
como a navegar usando el cuerpo de barcaza en alta mar. Es un arpegio de cuerdas, una sutil melodía, un vaivén.
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Noche 6
Las pesadillas entrecortan tu respiración: se vuelve irregular y me despierta. No puedo ordenar en ningún ritmo ese sonido, no cabe ni se adecua a ningún compás. Me frustra, me obsesiona, y la noche en entenderlo se me va.
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Noche 7
No es la primera vez que despierto entonando una canción norteña. A nadie debe gustarle ésa tan groseramente sencilla, pienso mientras sigo coreando: ya la voy a abandonar.
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Noche 8
No pude dormir porque en vez de roncar hacías un ruido extraño, como el de ciertos cantantes de rancheras que arrastran el aire en las últimas sílabas de sus canciones. Intenté sin éxito ponerle letra a ese insomnio, y otra vez me amaneció.
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Noche 9
La noche es una estampida de ángeles corruptos y altaneros
que vienen a jugar con mis heridas al ritmo de un bolero muy viejo y melosón.
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Noche 10
Duermes otra vez. Gozas el vértigo del sueño; ahí, yo, sin poderme sacar de la memoria el saxofón, te tarareo.
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jueves, 17 de noviembre de 2011
Cuento

martes, 27 de septiembre de 2011
Las circunstancias

Hace rato que no subía nada al blog. Acá un cuentito para no perder la costumbre.
Ya antes había pensado en repetidas ocasiones que matar a alguien no tendría por qué ser el peor acto de conducta de un hombre. Pero esa tarde, en el camión que va desde su oficina hasta la esquina de su casa (un trayecto de dos horas aproximadamente) la idea se convirtió en deseo. Nunca antes había visto al fulano en quien posó sus ojos de verdugo –a pesar de ser común viajar con los mismos sujetos, toda vez que abordan en el mismo lugar, a la misma hora ese autobús–. No fue algo en particular que le molestara como en otras ocasiones en que patanes no ceden el asiento o van escuchando música en radios portátiles sin audífonos. Ni siquiera era un tipo feo, de esos que por su pura apariencia generan la sensación de odiarles. Este era un hombre más bien común. Gracias a la disposición de loa asientos del camión, lo veía de frente. El sujeto-víctima iba absorto en la lectura de un libro cuya portada ostentaba un águila de alas abiertas; es un hombre informado, pensó el virtual asesino. Mientras más le veía, más se afianzaba la idea de liquidarlo, más fuerte latía dentro el deseo de acabar con su miserable existencia. ¿Y si no es un miserable sino un feliz padre de familia, avezado y culto lector de política, noble, puntual en el pago de sus impuestos? Pero su respuesta fue contundente: lo mataría por mí, por mi deseo, por el gusto que comprobar que se puede ser un asesino y dormir sin remordimiento. No soy, se dijo, un ángel vengador, ni un policía, sólo un común y corriente oficinista con ganas de matar.
