sábado, 14 de febrero de 2015

Fragmento del libro Un contratiempo, de su servidor, de próxima aparición

El amor en realidad es un sólo, irrepetible y contundente. Es aquél que entre iguales fecunda su semillas también de forma equitativa (en un principio al menos) en los susodichos. Bajo un enfoque rígido y ortodoxo, nada fuera de este límite, enorme límite por cierto, habrá de llamársele amor por ningún motivo. Y sin embargo, las sociedades modernas que han tendido a la suavidad de las miradas, al laxamiento de cualquier límite o frontera, en donde todo concepto mientras sea políticamente correcto; demagógicamente correcto, es permitido, llaman amor a una cantidad alarmante de relaciones. No hay elementos de comparación y su taxonomía se vuelve francamente imposible. Esas otras muchas relaciones que por, quizá, pereza, les llamamos amor igual que al amor mismo, no deberían contemplarse en este ensayo si quisiéramos ser consecuentes con nuestro propio discurso. Pero no queremos serlo. Por el contrario, lo que buscamos es la blanda perspectiva de la sociedad comodona, la odiosa inclusión que se escuda en el concepto de tolerancia para permitirlo todo. Por ello hemos adjuntado también estas breves relaciones sobre falsos amores que predominan en las prácticas sentimentales de los ciudadanos del mundo contemporáneo. Julio Toledo

viernes, 11 de abril de 2014

Salmo para la muerte de una hipotética democracia

Si el que tiene el poder nos escuchara, si en sus altos aposentos de copetes y bandinas escuchara el rumor de los que gritan; si no le diera miedo el ruido de los muchos que le recuerdan en noches de insomnio a enjambres asesinos. Si tan solo una vez fuera humilde, o lo intentara y nuestras voces de urgencias, de antiguos oprobios llegaran a él, presenciaríamos una escena del teatro más absurdo. Bastaría unos segundos para configurar una hecatombe: nuestras palabras (peinadas atrás o en chongos varios) resultarían insondables bramidos, tonterías. Y él, perplejo y tonto; como un mustélido frente al diccionario de la RALE, volvería a su habitación de satines tricolores a soñar con el silencio improbable de un país sin algaradas. Julio César Toledo

viernes, 28 de febrero de 2014

Un texto viejito que nunca publiqué


Dafnis

Dafnis abandona la cama desde las primeras claras del día y mete su cuerpo menudito a la tina de latón con forma de cisne que con tanto esmero construyó él mismo para gozar el placer de ungirse en agua y aceites, preparando su cuerpo para la aventura del día.
Dafnis es un chico delgado de piel muy blanca, con cabellos ondulados y castaños como de una madera clara y fina que siempre está perfumada; tiene los ojos como el ámbar que ciertos bárbaros venden en mercados clandestinos o como la miel con que los cocineros endulzan los panes de banquetes. Las líneas de su cara son como el trazo de la ciudad: proporcionadas y perfectas. Es un joven radiante que se ha robado para su sonrisa el sol.
Dafnis, como todo adolescente, es un soñador. Ha aprendido bien y rápido el oficio de artesano; se ha convertido en buen fontanero bajo la enseñanza del diestro Dédalo. Pero sueña que pronto será un noble o rey o gobernante. El joven aspira a la delicadeza que sólo da el dinero: los buenos vinos y corderos sazonados, frutillas exóticas que endulzan los paladares y las fiestas. Amor sin condiciones y placeres ocultos; todo a su disposición entre paredes de mármol y columnas de estucos relucientes. No sabe que esos disfrutes están vedados para la clase trabajadora. No sabe, siquiera, que ni a dirigir el modesto negocio de plomería en que Dédalo lo empleó puede aspirar.
Dafnis viste las cuidadas túnicas –siempre a la moda– que su sueldo de aprendiz le permiten comprar. Camina orondo por las calles de la Polis rumbo al trabajo y en cierta esquina hace una pausa frente a un aparador. Le gusta eso que ve, quiere comprarlo pero lo que gana no le alcanza; los ahorros no son ni la tercera parte de lo que valen los objetos que ahí se venden. Dafnis esboza una sonrisa y confía. Sabe –o alberga dentro de su pecho la esperanza– que la buena fortuna vendrá y traerá todo eso que él desea. En esa misma esquina espera el camión que lo ha de llevar al taller de Dédalo.
El semáforo está en rojo. Entre las cortinillas de un auto detenido, una mano gruesa dirige un ademán hacia el adolescente que espera su transporte. Y una voz gruesa viene después del movimiento de dedos para decir: acércate. Tras la cortina un rostro barbado y lleno de luz le pregunta su nombre al chico. Dafnis. La conjunción de esas seis letras suena en el eco de la mañana como un himno triunfal de las tropas cesáreas volviendo de batalla. Ambos sonríen y Dafnis sube al auto, quién sabe si por invitación o arrojo juvenil.
El hombre maduro y adinerado –lo que se nota a leguas– no cede a la tentación de decirle su nombre, se lo guarda para después porque sabe que el sólo pronunciarlo hace temblores y agita ciertos mares.
Dafnis, en cambio, con el encanto de sus dieciséis años en la piel, se deja llevar por toda tentación presente. Le sonríe generosamente regalándole la tibia magia de sus dientes blancos. Se remolinea entre el asiento del lujoso auto, benévolo con los comentarios y toqueteos del noble señor, y su mente debate entre la lujuria momentánea y la imaginación que lo ha llevado a poseer todo cuanto aquél hombre, según se deja ver, tiene.

Eres, seguramente, hijo de alguna bella diosa.
No blasfemes, señor. Sólo soy un aprendiz de fontanero.
Me niego a creerlo. Pero no tendrás que serlo nunca más. Tu oficio no es digno de tu hermosura, Dafnis.

Al pronunciar el nombre del joven, la saliva del antojo inunda la boca del hombre que ya imagina, también, las glorias del efebo que con tanta naturalidad a pasado a ser, podríamos decir, de su pertenencia.
Dafnis dice que sí a todos los ofrecimientos del hombre. Primero un cóctel, ir a su casa, unas sandalias. El trayecto en auto es por demás revelador para el mancebo. Descubre que su maduro acompañante es importante (las comunicaciones interrumpen de vez en vez su charla onírica), sabe de política y retórica, algo más que deseable en una compañía. Y han tomado la ruta hacia la arboleda, lo cual sólo puede significar que los aposentos de aquél noble son, al menos una villa y cuando más, un palacio. Todo transcurre entre halagos y desbordadas atenciones. Ya en el palacio –Dafnis se congratula de no haber equivocado la impresión– tras breve pausa en un bar bien equipado, caminan hasta la piscina que supera todo cuanto Dafnis pudo imaginar desde su esquina de camión y aparadores. Beben en la parte menos honda de la alberca. El hombre habla de sí mismo queriendo equilibrar con intelecto la balanza que por orden natural rebota del lado de la belleza de Dafnis. No se ha dado cuenta que no hace falta el esfuerzo, Dafnis cedió a su poderío económico –y quizá a la oscura belleza que guarda su madurez tras las abundantes barbas– inmediatamente o tal vez antes de su encuentro.
Dafnis es en el fondo el cazador y no la presa. En astuto juego avanza su menuda humanidad cerca del dueño, y a aguas revueltas atina el primer beso que no es mal recibido por boca y brazos, mente y sueño del anfitrión. Después del beso todo sobra, todo es adorno innecesario de un ritual que ambos anhelan. A Dafnis le da miedo el primer hombre, pero nada apaga su deseo que es una mezcla de sentir y poseer. Lo quiere todo. El auto, la piscina y al sujeto. No puede ya pensar en nada que no sea el tiempo venidero, lo que resta de sí ya se ha vendido. El adulto desea con más intensidad que el novillo. Lo suyo todo es carne, la pura idea de ser el dueño de aquella humanidad tan exquisita le complace, pero tiene en la palma de su mano el acto en sí, por eso lo quiere, porque sabe que puede y va a lograrlo. Ambos quieren poseer un poco más de lo que tienen, y esta es la ocasión. Lo que viene no puede decirse sin quemar la lengua.
Hay una luz saliendo de la habitación donde ahora, terminada la jornada de la carne y el amor, duermen abrazados.

martes, 19 de marzo de 2013

Papa para todos

Se congratulan, unos, en estas latitudes del mundo, por el hecho de que el nuevo papa sea “Latino”; hispano hablante, pues. “Qué bueno”, escuché decir a más de uno, estos días cercanos al anuncio de su nombramiento (o como sea que se diga). ¿Representará, a estas alturas, algún beneficio real el que el jerarca de la iglesia católica responda a una nacionalidad y no a otra? En todo caso ¿Le beneficia a México el nombramiento de un papa Argentino? Cuando digo “a México” me refiero a la gente. No a los sacerdotes en sospecha de pederastia, ni a los altos funcionarios del clero que tienen negocios con el estado nacional, el crimen, a saber la misma cosa. Antes, imagino, la figura de un papa ostentaba un poder real: político, económico. También y de paso uno espiritual, simbólico; que siempre ha estado ligado al primero. Pero hoy día, más allá de la gran cantidad de dinero que el vaticano maneja para con sus propios beneficios, no creo que su existencia, nombramiento o nacionalidad, pongan en jaque o beneficien nada más. Claro, el dinero es importante (lo más importante del mundo, ciertamente), pero no es un dinero que a los otros poderes de mundo le interese demasiado. A los parroquianos que lo dan, sí.


Por otra parte, mucho se han asombrado, otros, sobre el oscuro pasado del reciente papa. O peor aún, de su dogmática y cerrada forma de pensar. Sus nexos con la extrema derecha, sus omisiones para con la justicia. ¿No es ese el común denominador de la iglesia que preside? De dónde podría un dirigente del clero católico ser un extraordinario pensador libre, defensor de los derechos del hombre, apartado de obtusas tradiciones heredadas de la edad media. Esa es la esencia de su religión. Si el conclave se condujo de tal o cual forma, debiera ser un asunto que le interese sólo a los creyentes; ellos, confiados en que ese hombre les representa ante su dios y viceversa, sí que tienen derecho a opinar. Lo que me extraña es que los intelectualillos de izquierda, ateos profesionales, se las dan de “todosé” alegando tremendo error haber elegido a un pontífice con esas características. ¿Será que todos, (mexicanos, claro) al final, ateos o no, nos debemos a la formación “cultural” cristiano gudalupano? O será, nomás, quizá, que este asunto de las redes sociales evidencia la arrogancia e ignorancia también con que muchos se hacen los sabiondos opinadores. Lo raro, otra vez, es que muchos hablan indignados desde sus teclados, smartphones, o incluso espacios públicos, pero muy pocos hacen algo para cambiar de veras todo lo que les incomoda.

Con todo, todos opinan. Hoy es el papa y la profesora Gordillo. Mañana el premio Villaurrutia y el resultados de las becas del FONCA. Atásquense, ahora que hay lodo. Total, si no me gusta, unfollow y ya. Amén.

sábado, 2 de febrero de 2013

Extrañaremos al que extrañó.

Muy pronto, bajo el sello de Ínsula de la revista Armas y Letras de Monterrey, saldrá un libro mío de nombre "Los comunes", del cual, Armando González Torres dijo: es la apsión de la lectura fervorosa llevado a la creación. Hoy comparto este fragmento dedicado a Bonifaz Nuño, maestro entrañable y extrañador profesional.


Quien en latín extraña.


La madrugada se mete por la ventana de la habitación sin haber sido invitada. La noche ni caso le hizo, pero se fue. Las palabras descansan cada una en su libro o su cuaderno (estas últimas muy jóvenes y, aunque inquietas y curiosas, duermen también en la promesa de que amanezca). La ciudad se empeña desde hace años en meter cables y extranjerías modernas al departamento que Rubén, un cansado y enfermo Rubén, defiende todavía como un Quijote. Las palabras que nunca duermen son las que dentro de él, como vapores, andan con desenfreno a la caza de una idea (o viceversa) para hacerse de una vez tinta o sonido. La noche siempre ha sido bienvenida en las paredes que resguardan del mundo al poeta. Hubo épocas, incluso, en que pareció ser de noche siempre, pese al reloj, allá dentro. Pero los rayos del sol descubren el desorden que hace días llegó y no se ha ido. Hay cosas por doquier. Algunas son parte de la vida más íntima del dueño: un chaleco de satín, verde tortuga; una reloj de bolsillo de hace siglos. Una hoja, amarillenta, con la firma de no sé qué escritor en lengua gala. Los montones de libros que, en el colmo, Rubén ha bautizado con nombres distintos a sus títulos. Por ejemplo, la Ilíada de Homero, se llama Casandra para él. Pero entre tanta y tanta cosa, hay una que la obscena luz de esta mañana metichona alumbra en su afán de chismorrear. Es una foto más reciente que las muchas que están bajo sus vidrios. Es de una mujer.

Rubén la mira al entender que el alba la señala; quiere decir que sí, que es una amante nomás, una de tantas. Quiere decirle que ya, ni siquiera, se acuerda de su nombre. No lo dice pero bien que lo recuerda; se lo sabe como sabe en tres idiomas estrofas completas de Platón, de Píndaro, de Owen. Al pensarlo y pensarla conjurada entre sus letras, quiere al vuelo consolarse recordando una líneas que escribió tal vez para ella: qué delicia delgada, incomprensible, / la de verte lejos,/ y soportar los golpes de alegría / que de mi corazón ascienden / al acercarse a ti por vez primera

Pero nada, el recuerdo y la nostalgia ya han salido de la imagen y han caído, como flechas de un decrepito Cupido que, senil, no hace más que repasar certeros tiros que dio hace años. A Rubén se le humedece la mirada. Él que tapió su corazón con alegría, recuerda ahora –por eso le disgusta la luz de la mañana– en la claridad a esa muchacha. Y en su cabeza se escucha el nombre como una melodía, y esa foto se anima y se convierte en la película de amor que tantas veces vio en noches de insomnio. Disimula para que el día no le vea así, con ansia de un amor pasado. Con nada más, de esa mujer, que un clavo fijo en la espalda.

Pero los años no pasan nunca en vano. Y si algo le enseñó la noche a nuestro bardo, fueron mañas para sobrevivirle a este mundo. Entonces, como sabe que el día es ignorante (este día en particular, aunque lo oculte. Qué puede saber el pobrecito si no escucha a la noche cuando le habla; sabrá, y será mucho, algunas prácticas y sosas palabritas en inglés) para que su pecho no estalle y poder desenredar el embrollo en que la luz los ha metido, dice: desiderans te.

Y ambos respiran. Los rayitos de sol, muy confundidos, se esparcen por todos los rincones de la casa de Rubén. Se entretienen calentando sus chalecos, mancuernillas, ceniceros. Se reflejan, como intentando borrar la pena de lo absurdo, en una verde botella de licor. El viejo profesor, amo del mundo, acepta el triunfo en la minúscula batalla del recuerdo. Pero baja la mirada, mira hacia atrás, siente todavía un nudo en la garganta. Queda en silencio porque no sabe llorar de otra manera. Piensa en qué útil sería a estas alturas que la vejez le arrebatara los recuerdos para no saber que extraña tanto a esa; o no entender ni una jota de latín.

viernes, 18 de enero de 2013

La nota quejosa


La humillación didáctica.
Nada es tan popular como la vejación pública. Nada nos interesa más a los humanos contemporáneos como observar a lujo de detalle la calamidad en piel de otros. Por ello vendemos y compramos con entusiasmo y apremio  la oferta televisiva de las tragedias verdaderas. Los valores huecos con que la sociedades actuales construyen sus hitos y sus hazañas heroicas se regodean y alimentan de estas humillaciones públicas que vemos con pocos cortes comerciales (porque qué es una tragedia sin tiempo para ir a orinar).  Por eso ayer vimos en televisión, transmisión simultánea en Méxio y Estados Unidos, la muy humillante entrevista al de por sí vejado deportista: LancAmstrong;conducida, con lujo de saña, por Oprah.
Él, encarnando la maldad (exorcizada ya, para fortuna y tranquilidad de los americanos) arrepentido de sus actos, deseando no haber sido lo que fue sino lo que ahora profesa ser. Ella, erigida juez y encarnación de la moralidad soñada, qué digo americana, mundial, preguntando lo que todos queríamos saber. Inexpresivo casi, el deportista, titubeó más de una vez al responder cosas muy simples; la conductora, ególatra y reprobante, dejó ver sus muecas de asombro cuando las respuestas le parecían impensables para un buen hombre; y luego le llamó imbécil, mentiroso y grosero.
Me espanta más el circo de la humillación didáctica, que la falta al código de ética deportivo de Amstrong. Más grave me parece ver a esa señora, con su mayete simbólico juzgando a nombre del pueblo americano (osea la humanidad) en televisión (instrumento también de la justicia), que los 7 tours ganados a la luz del dopaje.
Pero mientras haya un famoso en circunstancia escandalosa, mientras una Kardashian, Hilton, Clinton, o de perdis Rubio; habrá un productor dispuesto a ganar miles de billetes y de paso (muy de paso) contribuir a tranquilidad de los que vemos, religiosamente, la televisión. Con esa tranquilidad podemos contar.

domingo, 23 de diciembre de 2012

El llanto de una mujer


La noche del ocho de diciembre hicieron el amor. El campeón estuvo imparable, como siempre. Ella quedó noqueada sobre la extensa cama, como sus rivales en la lona del encordado. Mientras él se duchaba, ella recordaba sus últimos viajes, más de tres, a la ciudad de la gran manzana; y una lágrima le escurre por el cachete.

El bolso dorado de Jinkee brilla como lumbrera dentro del avión. Más de un pasajero la ha reconocido y hay quien, incluso, le ha pedido un autógrafo. Pero no presume ni su bolso, ni su condición de mujer famosa, no, al contrario, el dinero ni la fama son para ella nada; el amor es lo que la mueve. Ama la vida, su vida. Toda ella es una luz, o será, tal vez, quién pudiera saberlo, que usa mucho (demás quizá) el color dorado: bolso, uñas, cinturón y zapatillas. Será que el mismo color en los calzoncillos de Manny le cegaron de amor y la volvieron, por qué no decirlo, quien es ahora.

Cuando el golpe con la tierra (tierra próspera que es Nueva York) despierta a la menuda mujer del campeón, esta recuerda que ya pronto, muy pronto como casi todo lo que tiene que ver con el amor, será la pelea de su marido con ese tal Marquez.

Ya a bordo de la camioneta, el chofer pregunta si la lleva al hotel, al centro comercial o a dónde. Ella le indica una dirección, una distinta a la que nunca la han llevado. Habla, durante el trayecto, amorosamente, con Manny que está en algún gimnasio del mundo, uno cerca del cielo o el olimpo. Luego llegan al destino: edificio de lujo donde vive, o duerme, o nomás coge, el mismísimo Márquez, Juan Manuel.

En ese momento tiembla el mundo, se descompone.

Más tarde se ve a la hermosa mujer en la Quinta, comprando más dorados objetos para seguir brillando como la joya que es, como la flamante esposa, señora, del campeón de campeones, Manny Pacquiao.

El día de la pelea, se vieron poco. La mente del capeón debía estar (y así fue) concentrada en ganar. Ella en cambio se dedicó a pensar qué ponerse. No porque quisiera robarle foco a su hombre, sino para ser la digna primera dama del box. Fue por eso que se esforzó en verse guapa, más que cualquiera. Y estuvo puntual a la hora y en el lugar que el agente de Manny le indicó. Entraron juntos al hotel en Las Vegas. Entraron juntos a la arena, y le besó tiernamente antes de que el subiera al ring; tal como se les indicó.

El primer asalto pasó bien. Ya estaba acostumbrada a lidiar con el dolor de estómago que ver pelear a Pacquiao le provocaba. Pero como sea, se siente feo. Esa noche la angustia era mayor. Y los dioses, distraídos, mandaron sus rayos de venganza hasta el sexto round. Una mano derecha viajera que adelantó la humanidad de Manny, lo puso donde Márquez quiso. El guante del mexicano y la barbilla del hombre de Jinkee se encontraron como trenes sin remedio ni posibilidad. La luces todas de la ciudad de Nevada se reflejaron en los oros del vestido y bolsa de la asiática mujer. El trazo de la sangre flotando dibujo la parábola de la caída de un campeón que se derrumbó. Sin manos, a la lona. La gente grito pero ni ella, ni él, ni el otro, oyeron nada. A Pacquiao se le fundió la vida. A Márquez le inundó una soberbia que supo a vino dulce. Para ella fue lo uno y lo otro, junto, más el mareo de las cosas que están mal. Quien supiera de sus visitas al rival, la juzgaría de actriz, de sierpe, de falsaria. Pero su angustia era real, su dolor más que sentido; de verdad le aterró ver al campeón tirado, muerto, vegetal. La cara se le mojó de llanto. Fueron dos pequeños, pero eternos, minutos. Luego reaccionó. Poco después perdió. Y ella estalló en un llanto enorme, sólo equiparable con las glorias que los mexicanos gritaron para Juan Manuel.

En el médico le vio con ternura, como una niña que recupera su peluche favorito, tras creerle perdido, pese a haber sido ella quién decidió tirarlo o regalarlo. Y juró ante un altar de dioses de diversa potestad, que ningún color dorado por reluciente que fuera, le haría, nunca más, ¡qué atrevimiento!, planear cosas de muerte y seguros con los contrincantes. Y se alegró de verle vivo. Compró, ese lunes diez, un bolso negro, discreto, de un diseñador italiano, para guardar la compostura del momento. Le gustó mucho, pero aun así, mientras lo pagaba, lloró.

martes, 27 de noviembre de 2012

Un regalo que me encontré para Horacio Kustos


Nostalgia del ocaso (Prólogo a una futura edición de un libro antiguo)

Trastabilla y cae sobre un bulto. Un libro sobre otro libro que descansan en un montón de más viejos y polvosos libros. Dentro de estas cuatro paredes todo es cúmulo y desorden.
Ya hace bastante tiempo que esta zona de la ciudad no está habitada. En cambio, abundan las bodegas comerciales y grandes galerones que resguardan desperdicios energéticos. Horacio Kustos viene a diario a repasar su colección interminable. Hay de todo: vasijas, revistas, recipientes; cajitas craqueladas, pantuflas, terciopelos. Cosas que existieron y ya no. Hoy, buscando una cajita de cerillos (sabe que en algún sitio la puso) ha tropezado y ha salido al descubierto, o más o menos, porque el polvo lo cubre casi todo, un libro: Los comunes. No es una pieza de museo, ni siquiera una novela de famosas líneas, sólo un cuaderno de apuntes de un desconocido cuyo interior le llamó la atención hace ya tiempo al explorador. Por eso lo conservó y sumó a su tiradero. Y con todo, los años y el cambio de era, el librito sobrevive. Pero ¿qué podría tener de especial este volumen? Nada, excepto las sutiles coincidencias. Horacio lo leyó hace unos diez años, pasados más o menos veinte de su primera edición. En una de esas piruetas que el tiempo en manos de algunos sabe dar, le platicó a Chimal (su íntimo amigo, además de un escritor muy conocido en su época) someramente sobre el contenido del libro en el que versa, de una forma medio extraña, la relación que algunos escritores poseen con sus objetos. Y le dijo el viajero al escritor que el libro era, sobre todo, una omisión: que no hablaba de Balzac y su bastón, aunque sí de Cortázar. Fue entonces que Chimal escribió ese breve artículo sobre los objetos de poder.Kustos recuerda con aprecio, no sólo la charla que sostuvo en el pasado sobre el asunto consu amigo el escritor, sino el objeto precioso que Alberto le dio a guardar, y el cual ha tenido consigo mucho tiempo; no aquí en el polvo de la bodega, en casa, bien cuidado. Pero el recuerdo dura poco y sirve sólo, acaso, para planear una visita al tiempo atrás, cuando esta zona era todavía el habitado sur de la ciudad donde su amigo vivía. Horacio guarda (por decirlo de algún modo, en realidad, sólo echa sobre un bulto de más libros) el pequeño cuaderno, Los comunes. Y sigue en el afán de encontrar su objeto más preciado, el de todos su quereres: una antigua vela, de las que ya no existen por ser innecesarias; y, claro, una cajita de cerillos para encenderla un rato, e imaginar con la vista clavada en la parpadeante flama, cómo fueron esos años cuando las usaban para alumbrar la oscuridad (qué bonita era la noche). Y le viene de pronto una nostalgia por los días cuando todavía se ponía el sol.

viernes, 6 de julio de 2012

El nuevo libro de Job (Fragmento)

Me encanta tomar café en el centro a las once de la mañana. Es una hora limítrofe que no acaba por ser la hora de nada. Y a mí que me gustan las indefiniciones, me va bien, como usar corbata y tenis. A las once de la mañana los niños ya están en el colegio, las amas de casa apuran el puchero o hierven los guisantes mientras ven en la tv (en secreto casi siempre) la novela esa de tintes medio eróticos. Los oficinistas ortodoxos van por la tercera junta, o se toman sus minutillos para el primer cigarro en las terrazas de los edificios de la zona bancaria. Los más laxos, han concluido ya la reunión de negocios (en este mismo café) y manejan frenéticos, llenos de culpa hasta la oficina que sin ellos (eso piensan) se cae a pedazos. Eso sí, las mesas de la sección para fumadores se llenan de viejos jubilados y alguna que otra mujer que, lágrima suelta, le cuenta a su mejor amiga el infortunio de haber sido engañada por el marido. Yo llego al café como el dueño del mundo. Sin prisa pero exigiendo enérgico la taza de americano regular. No soy tampoco un hombre de rituales ni rutinas, suelo usar esta hora siempre para beber café, pero es rara la vez que repito el lugar. Voy en busca de expendios de café distintos para no volverme uno de esos abuelos que los meseros reconocen y preguntan, si acaso: ¿lo de siempre? He venido a este local con la esperanza del silencio, y de un café de sabor aceptable. Llegue apenas pasadas las once y me recibió, libreta en mano, una mesera robusta con cara de tener poca fe en la humanidad.


–Va a desayunar o sólo bebe café. –dijo como si se tratase de una madre que amenaza al más pequeño de sus hijos-.

–Café, por principio. –le respondí yo, intentando salvar el momento de su furia, toda vez que sabía que no pediría nada más–.

Ordené un americano, como suelo hacerlo, con una carga regular de café: ni muy aguado, ni cargado en exceso; que me permita saborear y alargar el sorbo. Y un poco de leche aparte, por si se requiere.

–Americano solo. –repitió en voz alta, al tiempo que anotaba en su pequeña libreta de comandas la desestimada orden que con tanto afán expliqué–.

–Pero no ha anotado mis comentarios. –Repliqué para que no hubiera lugar a confusiones–

Con los ojos crecidos, como si de un toro en tentadero se tratara, incluso creo haber escuchado algo similar a un bufido, dijo:

–Acá servimos americano, nada más. ¿O quiere usted ordenar otra cosa?

–Si no le gusta su trabajo, renuncie. –frase que, dicho de paso, me gusta repetir a todas esas personas que lo atienden a uno de mala gana; ya sea en el banco, en el mercado o locales de café como este–.

–Pues lo haría gustosamente, pero tengo tres hijos, y de no ser que usted vaya a mantenerlos, no puedo hacerlo.

–Claro, -dije riendo falsamente- yo debo cargar con culpas del fruto de la calentura reproductiva que la tiene atada a ese mandil. Además de ser víctima del odio a su trabajo.

–Mi trabajo me gusta, excepto en días en que gente como usted vienen con sus ínfulas de patrón a dar órdenes estúpidas.

Reí a carcajadas. Primero porque me pareció tremendamente cierto lo que decía, y pensé que el único motivo que ella podía tener para odiar su trabajo era yo, y si yo no me hubiera aparecido por ahí, no le aparecería el deseo fugaz e inconcretable de renunciar; eso me hizo mucha gracia. Pero también reí de nervio o de vergüenza, de no saber qué hacer con esa verdad (como un templo) que la mesera me rebelaba con su altanera respuesta.

–Es cierto –interrumpí mi carcajada, apenas pude hablar- soy yo el culpable. Pero debes saber (ya le hable de tú y no de usted) que he ido pagando dicha culpa desde muy pequeño. O, mejor, es que he abonado a esa deuda de a poco, para darme el lujo, ya de viejo, de tal posibilidad. No me odies a mí, odia tu trabajo, si quieres, por mi culpa. Yo ya hice quizá desde antes de que tú nacieras, lo propio.

No se rió. No estaba en su naturaleza el humor, pero sí esbozó una apenas visible sonrisa y repitió en voz alta:

–Americano regular, con un poco de leche aparte.

–Porque no mandas a la mierda ese mandil, y te pides un americano para ti, y me acompañas sentándote conmigo. –dije para mí más que hacia ella, sin la esperanza de que mi proposición surtiera efecto. Así fue, trajo de mala gana mi orden y siguió atendiendo las escasas mesas de jubilados latosos y señoras engañadas en busca de desahogo.

Pobre, pensé. Pero no solamente la compadezco a ella; pobres todos los habitantes del planeta que de alguna u otra forma, si es que quieren sobrevivir y permanecer libres, tienen que trabajar. El trabajo es una mierda. El peor invento que la civilización ha hecho es el trabajo, es la prueba más fehaciente del fracaso del mundo en manos de los humanos. Pudimos haber hecho cualquier cosa, teníamos el planeta para nosotros, habíamos triunfado por sobre todas las especies (al menos esa idea nos han vendido historiadores y evolucionistas) ¿y qué hicimos? Lo jodimos: inventamos el trabajo.

jueves, 16 de febrero de 2012

Ratas entre palomas

Para hacer la guerra con beligerancia (condición ineludible de la práctica) hay que ser sínico. Pero sínico de veras. Eso los mexicanos lo sabemos bien pues hemos estado en mitad de un fuego belicoso desde hace años; ya de insultos, vídeos, desafueros y carpetazos, ya de balas de a de veras, mortales y de altos calibres. Pero esta vez hablo de letras, de la escasa y pobremente sínica república de las letras mexicanas cuyos odios no alcanzan para mucho, cuya desfachatez es visiblemente cobardona. Es lugar común hablar de mafias en el mundillo literario, todos sabemos que existen e incluso (los más enterados) pueden ponerle nombres y apellidos. Pero esa actitud tan jota con que algunos, con aire de doctores, diagnostican la podredumbre de los de enfrente, señalan, se abalanzan, olvidando que vienen de ahí; que ahí estarán también de alguna forma tarde o temprano. Nadie está dispuesto a ceder lo ganado, las almohadillas comidas sobre las cuales descansan sus becas y publicaciones; por ello habría que ser un sínico más digno, asumir qué juego jugamos y decirlo con decoro: yo sí le entro al jueguillo corrupto de los premios y las premiaciones. He escuchado razones considerables para hacerlo. Que si los estímulos no son suficientes, que si mis endecasílabos valen oro, que si la pobrecita hija de tal desempleado poeta necesita una nueva minifalda. Pues ¿qué esperamos entonces? Porque no vamos haciendo a un lado las palabrejas mariconas de "tus las traís, Aguascalientes" y "me la debes Villaurrutia". Para que tanto brinco, dicen por ahí. Son bien pocos los que gozan de la calidad moral para reclamar a voz en cuello, y esos por lo regular permanecen al margen. A lo mejor es el propio sentido de los premios lo que está mal, o quizá, quien sabe, su existencia. Lo seguro es que otra vez la echamos a perder (la cosa). Estuvo en nuestras manos y lo echamos a perder. Y no me estoy quejando pero sí molesta que hagan falta pantalones, que tras décadas de corrupción constante y egoísmos sin mesura ni siquiera podamos ejercer con aplomo nuestro cinismo.
Lo peor de todo es que los argumentos literarios brillan por su ausencia. Todos son pleitos de mercado, de despechos pasionales sin lógica ni estructura. Un poeta escribe irónicos versos sobre otro que, siendo jurado, le otorga un premio a un tercero que no es amigo del primero, mientras goza de la lana del mismo premio en cuestión que ganó hace un par de años, cuyo jurado estuvo integrado por su amigo, el mejor. Otra vez la gansa al río, decía mi abuela; nomás asúmanse como lo que son y asunto resuelto. Y háganse versos de insulto por lo feos que ambos son, por los zapatos sin gusto que usan. No anden disfrazando de literatura sus envidias, ni le pongan acento intelectual a las mentadas.
Habría que decir que no podríamos esperar otra cosa que el chiquero, toda vez que el mundo de la cultura es espejo de la vida del país: su educación, sus gobernantes. Cobardes todos (usted también, no se haga) andamos echando rocas y escondiendo las manitas. No es que defienda el plagio, la falta de rigor; la estupidez ni lo falsario, es nomás que se me hace ojona la paloma, y con su carita de rata me temo que tiene también senda cola que le pisen. O de plano métanse a redentores, o vamos diciendo la verdad y asumiéndonos así, sínicos en serio, hacedores de la más sucia y fría guerra. O, también, si quieren, si no les es molesto, dedíquenle un tiempo a escribir y hablemos (o hable, pues, yo no me invito) de literatura.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Para inciar el año con cambio de vida...

RENUNCIANTE.



Deje todo.
Tome un trapo fébril pero viejito y enrédelo en su pelo.
Asuma el riesgo de que todo se confunda:
nada tiene en relidad bordes precisos.
Todo es todo;
haga el amor con cuanta hembra habita el globo.
Entonces vendrá la vida con recibos a cobrarle,
empeñará sus tardes en sacarle lo ganado
que será para ella lo perdido.

Pero usted dirá, con todo el hedor acumulado
en rastas imposibles de su pelo:
No,
perdón que no le pague,
no tengo nada, soy de oficio renunciante.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Unos frgamentos de hace tiempo.

Diario del insomnio

Noche 1

A pesar de ser la palabra el fundamento, oigo en el sueño una música de fondo, y la imagen borrosa se clarea: es algo parecido a un concierto. Un cantante, un guitarrista, hacen la noche mientras nadie (deliberadamente) los escucha. Sin embargo no es la soledad lo que se aprecia, es un breve tintineo, un murmullo; es la hechura más perfecta de la voz.

…………………………………………………………………………………………….

Noche 2


Esta noche abrí los ojos antes que la música de radio que sirve, puntualita, como despertador. Desperté sobresaltado, escuchando pero en la memoria, una música estridente, parecida al heavy metal o al punk.

……………………………………………………………………………………………

Noche 3


El insomnio es otro sueño. Turbio, sin asideros. A veces hay imágenes precisas, las distinguimos, nos empeñamos en ellas. La música es diversa pero siempre suena como en aquellos tocadiscos que daban vueltas, donde una aguja reproducía el sonido garraspeante de los elepés.

……………………………………………………………………………………………

Noche 4


Una vez soñé que toreaba, con capote rojo y traje de luces. Durante el paseíllo comenzó a escucharse una guitarra muy andaluza. Después, en tono menor, supongo que era un chelo, una melodía más fuerte y dramática; en ese momento supe que el toro me iba a coger. Sonaron platillos cuando el toro introdujo en mi pecho su pitón.

……………………………………………………………………………………………

Noche 5

Dormir a tu lado siempre es mejor.
Siempre hay un arpegio que me incita a descansar, a dejarme ir por completo,
como a navegar usando el cuerpo de barcaza en alta mar. Es un arpegio de cuerdas, una sutil melodía, un vaivén.

……………………………………………………………………………………………

Noche 6


Las pesadillas entrecortan tu respiración: se vuelve irregular y me despierta. No puedo ordenar en ningún ritmo ese sonido, no cabe ni se adecua a ningún compás. Me frustra, me obsesiona, y la noche en entenderlo se me va.

...............................................................................................................................

Noche 7


No es la primera vez que despierto entonando una canción norteña. A nadie debe gustarle ésa tan groseramente sencilla, pienso mientras sigo coreando: ya la voy a abandonar.

...............................................................................................................................

Noche 8

No pude dormir porque en vez de roncar hacías un ruido extraño, como el de ciertos cantantes de rancheras que arrastran el aire en las últimas sílabas de sus canciones. Intenté sin éxito ponerle letra a ese insomnio, y otra vez me amaneció.

...............................................................................................................................

Noche 9

La noche es una estampida de ángeles corruptos y altaneros
que vienen a jugar con mis heridas al ritmo de un bolero muy viejo y melosón.

...............................................................................................................................

Noche 10

Duermes otra vez. Gozas el vértigo del sueño; ahí, yo, sin poderme sacar de la memoria el saxofón, te tarareo.

...............................................................................................................................

jueves, 17 de noviembre de 2011

Cuento



Aunque con cierto sabor a pólvora en la boca, me digo que será una buena tarde de viernes. A kilómetros de aquí se estrena una obra de teatro cuya oferta de escribir rechacé del director por considerarla poca cosa, hoy inaugura el festival más importante de dicha disciplina en el país. Por eso me he metido a una librería a olvidar mis desgracias. Desde hace tiempo lo hago, no para comprar libros porque mi dinero es escaso y además he renunciado a leer por considerarlo un acto infructuoso en todos los sentidos. No, si vengo a la librería es para ver títulos y portadas de libros y repetirme que, modestia parte, yo podría haber escrito ese libro y hasta, por lo que se ve a simple vista, mejor de lo que lo hizo ese autor. Ando de librería en librería observando a detalle las ediciones de los libros que yo no escribí, los que no escribiré nunca pero que, el fondo sé, pude haber hecho. También a veces, a escondidas, voy hasta el anaquel de “Ensayo” donde siempre, en el tercer espacio del suelo hacia arriba, hay dos ejemplares de "Triunfo y supremacía de la realidad", un ensayo brillante contra la literatura fantástica que escribí en mi juventud y que fue al mismo tiempo la tesis con que me gradué de la universidad. Los veo y me maravilló, acaso hago alguna expresión de asombro en voz alta por la limpieza de la edición, lo sugerente del título, la promesa de su contenido. Luego lo vuelvo a dejar a lado de su hermano gemelo, donde reposan ambos desde hace ya cinco años, cuando me lo publicaron. Hoy no. No he llegado hasta allá. En mi camino (entre el anaquel de novela y el de divulgación de la ciencia) se atravesó un chico. Un adolescente, aunque su delgadísimo cuerpo, casi en el hueso, le hace verse menor. Lleva puesta una camiseta que, se ve, fue la gloria de otro tiempo, está deslavada y le queda algo justa. Pero no es un chico pobre, qué haría en la librería si lo fuese. Seguramente se la ha puesto porque resulta ideal para después de nadar, y porque en el fondo, pese a los ruegos de la madre porque la tire, él la quiere seguir usando. Digo después de nadar porque trae el cabello mojado, y usa un short de algodón (que parece más bien un calzón) que da la misma pinta que la camiseta. Le vi y me vio. Se siguió de largo hasta los sillones que los dueños de la librería han dispuesto para lectores pacientes que vienen a revisar ejemplares. Yo lo he seguido. Me atrae como imán. Sé que debo ser discreto, que a todas luces está mal verle tan desvergonzadamente con estos ojos de caníbal, pero no puedo evitarlo, ha despertado un apetito en mí que no puedo (y dicho sea, no quiero, controlar). Mientras hojea un libro colorido le examino. Sus piernecillas escuálidas pintan ya algunos vellos de pubertad. El calzoncillo que usa, el que se pone después de su clase de natación para llegar a casa (hoy seguramente debió acompañar a la madre a alguna inesperada diligencia a este local de libros) no deja mucho a la imaginación, delata que la adolescencia le ha llegado y que su miembro ya no es el de un niño, aunque él todavía se comporta como tal. Inocente y despreocupado, va por ahí con esa prenda escandalosa. Yo lo agradezco y lo reprocho. Creo que entre su lectura ha descubierto mi indiscreta mirada, mi insistencia de verle. Le incomoda, supongo porque le noto nervioso. Sube, creo que escapando de mi insistencia, a la sección de infantiles. Yo, que previendo una justificación –arriba está también la sección de discos– le sigo. Al caminar, la indiscreción de su ropa crece, y la mía al escudriñarle también. Va, como quien esquiva una bala, de un anaquel a otro, tratando de burlar mi mirada y mi ya descarada cercanía. La suerte de la circunstancia me favorece, a esta hora, entre semana, esta sección está prácticamente abandonada. Cuando toma un ejemplar de alguna saga de magos, de esas famosas que todos los adolescentes leen, y la abre, aprovecho el momento y pongo mi mano sobre la suya. No se asusta ni se sorprende. Unos segundos después camina hasta la ventana donde se posa; le veo de espaldas, pero gracias al reflejo del cristal, puedo ver también su rostro. Esa doble imagen me extasía. Sonríe, se toca el cabello de forma inusitada, hace un guiño con el ojo, y, libro en mano, se marcha de la sección, baja las escaleras. Voy tras él. En las escaleras le alcanzo y pongo sobre su hombro mis dedos, apenas lo roso, decido hablarle de una vez (alentado por el gesto recién ocurrido). – Hola, ¿cómo estás? –. Intento que mi tono sea paternal, para no asustarle, pero con algo de calidez para que entienda mis intenciones. Fallo en mi intento, pues en un sobresalto, corre. Al final de escalera se detiene por causa de una chancla que se le ha salido. Vuelvo a alcanzarle. –Espera, no te asustes, quiero ser tu amigo– digo en un tono más natural, para evitar el escándalo, sobre todo. En ese momento, revelándome lo más bello de sí, su voz templada y limpia, habla: Yo no quiero ser tu amigo. Ya les dije a los demás como tú. Váyanse, déjenme en paz, quiero ser un niño normal.

martes, 27 de septiembre de 2011

Las circunstancias






Hace rato que no subía nada al blog. Acá un cuentito para no perder la costumbre.








Ya antes había pensado en repetidas ocasiones que matar a alguien no tendría por qué ser el peor acto de conducta de un hombre. Pero esa tarde, en el camión que va desde su oficina hasta la esquina de su casa (un trayecto de dos horas aproximadamente) la idea se convirtió en deseo. Nunca antes había visto al fulano en quien posó sus ojos de verdugo –a pesar de ser común viajar con los mismos sujetos, toda vez que abordan en el mismo lugar, a la misma hora ese autobús–. No fue algo en particular que le molestara como en otras ocasiones en que patanes no ceden el asiento o van escuchando música en radios portátiles sin audífonos. Ni siquiera era un tipo feo, de esos que por su pura apariencia generan la sensación de odiarles. Este era un hombre más bien común. Gracias a la disposición de loa asientos del camión, lo veía de frente. El sujeto-víctima iba absorto en la lectura de un libro cuya portada ostentaba un águila de alas abiertas; es un hombre informado, pensó el virtual asesino. Mientras más le veía, más se afianzaba la idea de liquidarlo, más fuerte latía dentro el deseo de acabar con su miserable existencia. ¿Y si no es un miserable sino un feliz padre de familia, avezado y culto lector de política, noble, puntual en el pago de sus impuestos? Pero su respuesta fue contundente: lo mataría por mí, por mi deseo, por el gusto que comprobar que se puede ser un asesino y dormir sin remordimiento. No soy, se dijo, un ángel vengador, ni un policía, sólo un común y corriente oficinista con ganas de matar.

jueves, 21 de julio de 2011

A petición de unos y capricho de otros

Aquí, una selección del trabajo que consta en el diccionario que preparo; muestra arbitraria, pero que tiene la intención de mostrar cómo juega el relato dentro del trabajo de re significación.

(A)

Agresión. Resultado del olvido; En ocasiones forma parte de la fórmula contraria, es decir, el olvido es resultante de la Agresión (se pueden realizar infinidad de combinaciones: autoridad olvida sus obligaciones, agresores olvidan su condición humana, tú olvidas no salir de tu casa; y en el otro sentido, tú olvidas controlar tus esfínteres, tú olvidas, con el tiempo y una inversión terapéutica considerable, lo sucedido…).

Asalto. Unidad mínima de violencia en México. Hay especialistas que aseguran que es un concepto rebasado por la realidad violenta de este país y que es necesario especificar el tipo de asalto para que se entienda de lo que se habla. Los hay con o sin violencia, con o sin secuestro, etc. Las condiciones en que vivimos nos obligan a pensar que ser asaltado (y salir vivo) es lo de menos (por ello se recomienda, en estos casos, ni siquiera ir a perder su tiempo levantando un acta ante la autoridad).

Atención. Ponme atención, cabrón, culero. Esto quiere decir, para los fines de este diccionario, que vas a escuchar lo que debes hacer si es que aprecias en algo seguir vivo. Quiere decir, también, que te esfuerces por mandar el miedo un paso atrás y atiendas lo que escucharás, que no te dejes dominar por las preguntas frecuentes que aparecen en la oscuridad de un secuestro: ¿Por qué a mí? ¿Me irán a matar? ¿Qué va a ser de las pobres mujeres que me esperan? Y hagas como estás en clase o en una conferencia de esas a las que te gusta ir, y abras los sentido porque de eso depende que el gordo que está a tu lado no te vuelva a pegar o no dispare la pistola que (imaginas o asumes) trae en la mano.

Atención. Acción de urbanidad que te debería proporcionar el ministerio público cuando asistes a levantar el acta correspondiente a un delito en tu contra (y contra quien resulte responsable). En vez de eso, puede significar el escrutinio perverso de tus actos, sugiriendo en todo momento que el criminal eres tú, que tú te lo has buscado o en el peor de los casos que lo que estás declarando es falso, inventado, un ardid (contra tu país) del que quieres beneficiarte, pues los pesos que te quitaron, el teléfono celular, las credenciales, seguro las tienes tú y quieres que alguien te pague por ello.

(B)

Barrio. Conjunto de calles pobladas de resentimiento con banquetas pintadas de sangre, de la sangre de gente de otros barrios y de la propia. También se entiende por barrio, fortaleza (con un sentido particular de la fraternidad) lugar donde la rabia crece compartida y donde algunos pocos son capaces de entrarle al quite si te ven tendido en un camellón, sangrando.

Bueno. Dícese del secuestrador o ratero que tiene a bien disminuir su nivel de violencia verbal y física contra ti por simple gusto, en cuyo caso (también) deberías agradecerlo. Hay sujetos que encajan en esta descripción que incluso llegan a llamar a sus víctimas como bróder, o hermano (por su traducción al español).

Bueno. Ser el bueno, es en algunos actos de violencia aquél al que los secuestradores andan buscando. Si eres el bueno, te matan sin preámbulos y con lujo de violencia; si no eres él, sólo prevalece el lujo de violencia, pero, por fortuna, te dejan vivir.

(C )

Culero. Desde el principio y hasta el final del secuestro, tú. Desde que te liberan y hasta que logres olvidar lo sucedido, ellos y sus progenitores. A veces y sólo bajo ciertas circunstancias, la autoridad (sobre todo por corrupta e incompetente).

Crack. Forma de consumo –en piedra– de la cocaína, poco frecuente en el narcomenudeo de nuestro país pero de fama y demanda creciente. También es la onomatopeya del sonido de los huesos (tu quijada, por ejemplo) cuando tu secuestrador estrella su codo contra ti.

(H)

Humillación. Condición permanente en los habitantes de este país. Su causa se debe, principalmente al engaño (pero también a la estupidez) con que los sujetos que representan el Estado conducen la nación.

Humillación. Estado del sujeto –se acompaña normalmente de impotencia– en el que se asume la hegemonía de los agresores. Puede aparecer a consecuencia del miedo que provocan las armas que (ellos) portan, de lo golpes, o de la petición expresa e irónicamente amable de que cuentes un chiste (ojos cerrados, manos atadas) para amenizar el rato.

Humor. Aunque existe más de una acepción aplicable al contexto violento que se vive en México, entendemos por humor principalmente dos cosas: el tufo pestilente de la axila del secuestrador que te abraza (porque es Bueno), mezcla de sudor agrio, muerte condensada y podredumbre; y, ese sentido que debes hacer aparecer para seguir su conversación y responder a lo que se te pide. En esta última circunstancia y aunado a la memoria y a otro sentido, el de supervivencia, te permite contar chistes, reírte y salir, por ende, vivo.

(P)

Plomazo. Especie de significante; vehículo del sentido de lo que ocurre en un acto violento. Es gracias a su presencia (que puede ser virtual, enunciativa, imaginaria incluso) que todo lo demás cobra significado: tu miedo, su confianza, lo irremediable del acontecimiento. Es, al mismo tiempo, duda y certeza. En casos peculiares es sustituido por alguna acción, como la amenaza de que cortarán tu dedo índice, y en otros casos ésta última no sustituye sino que refuerza el concepto de plomazo.

Plomazo(s). Aquello que hace que un acto de violencia valga la pena para las autoridades y para los medios principalmente. En ese mismo orden de ideas, es aquello que categoriza como “chingones” o “profesionales” a aquellos que perpetúan el acto (véase también: balazos, tiros, cuetes).

(S)

Secuestro exprés. Concepto acuñado por los especialistas y/o autoridades con un doble propósito: aminorar el impacto del suceso en la víctima; implicando que debes estar agradecido pues pudo haber sido mayor, más largo, más violento, pues si bien fuiste secuestrado no puede categorizarse con “todas las de la ley” como tal, pues un secuestro de verdad (y no esas pequeñeces) es algo mucho peor, y de esa forma -esta es la segunda intención de la expresión- prolongar el miedo, inmovilizar a la víctima para que no se queje y así hacerle ver que la justicia funciona.

Seguridad. En ciertos contextos (el asiento de atrás de un taxi sin placas, por ejemplo) suele ser una lazo color amarillo –raposo y apretado– que rodea tus manos y tobillos. Si bien es cierto que tiene rasgos permanentes como la escoriación en las muñecas y el hormigueo en las manos que pueden durar hasta un par de semanas, suele ser momentánea, pues te lo quitan una vez que te liberan y que la “seguridad”, por tanto, se vuelve innecesaria. La diferencia entre que dicho objeto sea un simple tendedero de ropa y nuestro concepto es la voz del agresor diciendo: esto es tu seguridad y la mía, culero.

Suerte. Condición (otorgada por la vida y/o dios –según creencias–) que debes agradecer cada momento después del acto violento, pues pudo ser definitivamente peor. En este sentido, que te hayan roto una costilla mientras te privaban de tu libertad, humillado, golpeado, despojado de todo lo que traías, es una gran suerte (y debes estar agradecido) pues te pudieron haber matado, o bien pudiste ser víctima de un acto más violento: una balacera, un linchamiento, etc.

miércoles, 6 de julio de 2011

El monstruo entre nosotros

Elba Esther Gordillo es la política mexicana: una mujer que debiendo cumplir una tarea noble, aparece corrompida y obsesionada con la apariencia (una belleza artificial que nada tiene que ver con la belleza) y convertida en un monstruo en el más amplio sentido de la palabra. De rostro incomprensible bajo cualquier parámetro natural y capaz de los actos más atroces, es por mucho, el terror de todo aquél que en cualquier circunstancia pudiera pensarse como su rival o enemigo. Pero la fealdad física e interior no son sus peores defectos sino su falta de control, su distorsionada (y monstruosa) concepción de la realidad, en donde toda proporción humana es abolida y sustituida por una idea bizarra del interés propio y el beneficio. Y nuestra política es tan pobre que el poder se reduce casi exclusivamente al dinero, y éste está debajo y detrás de todo cuanto la señora es. Este monstruo que es, que son, es ya inexplicablemente imparable. No hay poder, institución o envergadura capaz de sugerirle, mucho menos ordenarle mesura. Los ciudadanos, Indirectos responsables de la existencia de este Golem terrible, atónitos vemos como arrasa con todo y todos, como se erige intocable y cínicamente pone las reglas de nuestra vida; reglas absurdas en perjuicio de todos excepto de ella, reglas con las que no estamos de acuerdo pero que no podemos más que acatar dócilmente. ¿No podemos más que acatar dócilmente? Le vemos en templetes y comerciales aparentando cierta fraternidad y escenificando cada vez con menos vocación este teatro de engaños. Sabemos dónde vive, en qué radica el horror que nos causa, sabemos incluso de los crímenes atroces que ha cometido y callamos, porque de a poco se nos han quitado las ganas de emprender jornadas heroicas contra titanes de tal magnitud. Y callamos. Ante declaraciones y comunicados nos enfurecemos y vociferamos contra la falta de vergüenza con que nos miente, pero nadie levanta la mano en realidad. ¿Quién podría? ¿Un poeta? No, que va. Si esos andan siempre en la luna y no sirven para casi nada. Esta maestra de escuela con fortuna de magnate, esta señora trastocada en el horror y temor de muchos (y al mismo tiempo modelo a seguir de los infames) no es una persona, es la política mexicana y en breve la patria misma, la que, de alguna forma, nos merecemos. Las instituciones de las que proviene, las que le hicieron lo que hoy es, son incapaces (por cobardes y por depender de ella; porque saben que combatirla es combatirse y al final nadie quiere perder lo que ha ganado) de contradecirle. ¿Quién va hacerlo? ¿Las organizaciones electorales que han sumado se al descrédito generalizado del aparato? ¿El presidente que le debe tanto y que no fue capaz de mostrar la más mínima moral pública ante su dudosa llegada al poder, ante el reclamo público de su, a todas luces, equivocada estrategia contra el crimen? ¿Nosotros, los de a pie, que merecemos esta inmundicia tanto como aquellos, pero la padecemos más? Por encima de todo cuanto le dio origen, inmune a toda ley y jurisdicción parece que nada la detendrá, parece que valdrá acostumbrarnos a vivir con el monstruo entre nosotros. O a ser, igualmente horrorosos, el monstruo inamovible que no hemos vuelto al solaparla.


martes, 5 de abril de 2011

La muerte de los hijos

Que se nos mueran los hijos en los brazos. No en fiestas o accidentes, que en madrugadas nos roban sueño y aliento desde el día que nacieron. Que se nos mueran lentamente, goteando sangre sus tráqueas, en nuestros paralizados brazos de torpísimos amores. Que se nos mueran baleados por los padres de otros hijos también muertos. Que se nos mueran de ojitos apagados, con improvisadas capas de volar echas de toallas viejas, o disfraces afelpados de conejos busca dulces. Que se nos mueran los hijos en los brazos mientras dicen con alientos ahogados sus últimas palabras: odiemos en voz alta estas calles sin banqueta. Que se nos mueran de veras, sin liturgias ni dioses, ni indemnizaciones. Que se mueran los míos, lo tuyos; los ricos y los pobres. Que se mueran todos y abarroten los panteones. Que no haya espacio en los hornos que incineran a los muertos, ni una línea en los diarios donde escribir esquelas infantiles. Que todo nos recuerde la infamia con que fueron acabados, la indolencia con que pagamos a plazos sus muertecitas. Que el silencio se adueñe de los parques los domingos y en el viento habite (y traiga hasta nosotros) un horrible vacío, cobarde y lacerante que entre corte la respiración y no nos mate. Que se nos mueran los hijos en los brazos. Que esa escena se repita en la tele, en la radio, en el pecho y también en los espejos. Que el inmenso dolor no deje escribir a los poetas; los gobernantes no puedan decidir, ni soñar con el poder, ni hacer dinero; que a los cantantes se les haga un nudo en la garganta y todo sea en el mundo pesadumbre. Que se nos mueran las ganas, los anhelos, los pobrecitos hijos que trajimos a este mundo de metrallas. Que se mueran los hijos en los brazos de sus padres, porque así, de alguna forma, lo quisimos.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El génesis


Sumergido en un sillón que era de arena movediza, Kurt Cubain, pasaba las tardes de los últimos días entre pinchazos de aguja y programas de concurso en televisión -dicen algunos que le encantaban-. Ocasionalmente rasgaba un par de notas en su guitarra –quienes la oyeron dicen que sonaba igual que mil furias marinas en mitad de la tormenta-. Un día, se cree que después de una llamada de Courtney, decidió que al mundo no le hacía falta su presencia y a él permanecer en esta tierra, y se disparó con una escopeta, regando sus sesos por toda la sala -que se iluminó como si fuera el medio día-. Esa misma noche, Kurt ya estaba sentado en la diestra del padre –que los teólogos no ha decidido aún si es Elvis, Lennon o alguien más cercano al grunge-. Al mundo le empezó a hacer falta su presencia pero, al mismo tiempo, Kurt empezó a estar en todos lados; se nos volvió omnipresente, misericordioso con las versiones de “Smells Like Teen Spirit”. Todos sabemos que en donde dos o más se reúnen a escuchar el “Nevermind”, está él presente, mirándonos con sus pequeños ojos azules y cobijándonos con su suéter café.