Aprendí de una de mis madres la importancia que tenía construir una casa para los nuestros, para los hijos que vienen sobretodo. Va una casita hecha por mi pluma:
Testamento
Esta casa es tuya.
Sus pisos fríos son para que andes,
para que tus arcos pequeños los recorran y definan.
La fachada está desvencijada,
le faltan cosas esenciales, otras le sobran
pero el interior
y su cobijo son sólo para ti:
guarecerte es su frágil juramento.
Este pequeño hogar es tuyo,
es privada propiedad de tus anhelos,
tus caprichos.
Sus adornos son ideas sobre tus gustos,
sus ventanas esperan cercar el canto suave de tus tardes.
Es para ti, para los ratos en que quieras estar bajo este techo
tranquila y postergada en el mundo
también
como el silencio de esta casa
hoy día que no has venido aún a habitarla.
Tómala, transita, cuelga cosas y deshazla,
no dudes en fincar otra más alta, con más cuartos
con terrazas. Es para ti.
Por eso ves que en la pintura caída,
en ciertas puertas que van hasta la calle,
esta casa,
ostenta a letras grandes tu nombre, y en el eco
tu voz tan esperada.
lunes, 29 de septiembre de 2008
martes, 23 de septiembre de 2008
Primer Premio Virtual De Cuento
Va una convocatoria pa chamacos nóveles...
Con la finalidad de promover la escritura narrativa entre los jóvenes mexicanos, se convoca al
Primer Premio Virtual De Cuento
Las Afecciones Narrativas
Podrán participar todos los escritores mexicanos de 18 años o menos que lo deseen con un cuento inédito de tema, forma y extensión libre (aunque Las Afecciones Narrativas recomienda que el texto sea breve y conciso).
Cada autor deberá enviar el texto con el que desea participar a la dirección electrónica lasafeccionesnarrativas@gmail.com en un archivo adjunto y en formato de Word (.doc). No se abrirán archivos en otra extensión. Tanto en el texto como en el cuerpo del correo deberá aparecer el nombre y correo del autor. El participante deberá anotar en “Asunto” el lema Premio Virtual Afecciones Narrativas.
El plazo del premio quedará abierto desde la publicación de la presente convocatoria y hasta el 15 de noviembre de 2008. No se admitirán textos después de esta fecha.
El premio consistirá en la publicación del cuento en Las Afecciones Narrativas así como en 2 revistas impresas de circulación nacional y en un paquete de libros. Eventualmente incluiremos a los mejores autores en nuestro Blog:
http://www.lasafeccionesnarrativas.blogspot.com
Gracias por participar.
Con la finalidad de promover la escritura narrativa entre los jóvenes mexicanos, se convoca al
Primer Premio Virtual De Cuento
Las Afecciones Narrativas
Podrán participar todos los escritores mexicanos de 18 años o menos que lo deseen con un cuento inédito de tema, forma y extensión libre (aunque Las Afecciones Narrativas recomienda que el texto sea breve y conciso).
Cada autor deberá enviar el texto con el que desea participar a la dirección electrónica lasafeccionesnarrativas@gmail.com en un archivo adjunto y en formato de Word (.doc). No se abrirán archivos en otra extensión. Tanto en el texto como en el cuerpo del correo deberá aparecer el nombre y correo del autor. El participante deberá anotar en “Asunto” el lema Premio Virtual Afecciones Narrativas.
El plazo del premio quedará abierto desde la publicación de la presente convocatoria y hasta el 15 de noviembre de 2008. No se admitirán textos después de esta fecha.
El premio consistirá en la publicación del cuento en Las Afecciones Narrativas así como en 2 revistas impresas de circulación nacional y en un paquete de libros. Eventualmente incluiremos a los mejores autores en nuestro Blog:
http://www.lasafeccionesnarrativas.blogspot.com
Gracias por participar.
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viernes, 19 de septiembre de 2008
MEDIA NOCHE EN BAGDAD

Bagdad es el centro de la tierra
porque todo alrededor es un desierto.
Tanta luz,
todo el calor,
quemadas mis pupilas
por la media noche.
El daño se hizo desde el mar,
hacia la piel y en las sábanas manchadas
que son mortaja: serán tormenta.
Bagdad, entonces, es un castillo de arena
cuesta arriba, sin humedad.
jueves, 4 de septiembre de 2008
La intranquilidad del desierto por Luis Téllez-Tejeda
Un texto agudo y nada complaciente sobre Quicio de la autoría del Pávido Navido y cuya fuente original es la revista electrónica de la UNAM, punto en línea: http://www.puntoenlinea.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=206&Itemid=1
Todos los sitios tienen, de algún modo y en cierta medida, la aridez del desierto. Esto se vislumbra a través de los poemas de Quicio, entrada de Julio César Toledo al mundo de la poesía publicada.En Quicio una serie de textos se encadenan a partir de las imágenes poéticas que el desierto alberga o puede albergar; desde aquellas que toman como punto de partida las características físicas del espacio mismo: el calor, la arena, la aspereza del terreno, hasta las que refieren estos elementos desde el interior del individuo, que no se limita a la contemplación, que vive su propio desierto.Así, la primera relación establecida entre la voz poética y el ámbito geográfico que le sirve de marco es la descripción, quizá no pormenorizada sino visceral, lo que podría llevarlo al riesgoso camino de la conmiseración y a utilizar el pasaje desolador como único referente para la construcción de imágenes, sendero al que nunca llega Toledo. Muy al contrario, huye de la fácil invención de paisajes sórdidos y oscuros muy frecuente en quienes se inician en la creación de poesía. Por otro lado, encuentro en sus líneas el aprendizaje de talleres y de lecturas cuidadosas de los poetas de su generación.Pronto aparecen en la lectura algunas revelaciones sobre realidades conocidas, nuevas formas de nombrar al mundo desde el asombro de quien descubre una verdad esencial al menos para un momento, el momento de la lectura: “el desierto es límite o frontera, / fin del mundo e infierno sustituto”.Y es que, aunque se ha escrito tanto sobre las dunas ardientes y la soledad que las rodea, nos encontramos ante una primicia que totaliza la experiencia de ese espacio, complementándose con: “Bagdad es el centro de la tierra / porque todo alrededor es un desierto”.Ronda, durante esta parte del libro, la anécdota borgiana de los dos reyes que compiten por el laberinto más difícil y gana aquel que descubre en el desierto el mejor de los laberintos y que, paradójicamente, es el peor, por solitario.El espacio se corporeiza y no es sólo un repaso de las fantasías y preconcepciones desérticas: algunos poemas nombran sitios concretos, identificables con un imaginario arabesco, remoto y contemporáneo. Ahí están Bagdad y Nefud, además de referencias a la cultura del Medio Oriente que no terminan de atinar en la mirada más bien introspectiva del poeta que de pronto da saltos hacía textos más bien líricos en los que es posible encontrar, incluso, cierto aire de veneración.Es necesario detenerse en el carácter personal de los poemas de Toledo, pues no escapa a hablar de su propia vida, de las ausencias del pasado, claras marcas en la construcción de su propio desierto, el silencio que se vuelve palabra y se vierte en verso, no para exorcizar sino, acaso, para nombrar el dolor que habita a lo largo de Quicio: “Detente ya, silencio / ¿Por qué tomas de escudo esta mañana, / si has estado aquí desde mi adolescencia?”Merece mención aparte “Un dragón para San Jorge”, una especie de réquiem por la ciudad, hostil e inhóspita como los otros escenarios explorados que ya ningún héroe puede enfrentar con la suerte de salir librado, menos el remedo de Jorge, el descontinuado del santoral católico. Cualquier acto de valentía, así sea subirse a un taxi, es nimio ante la pus que envuelve la metrópoli.No comparto la idea de la ciudad que se esboza en el poema; sin embargo, llega a conmover la tranquilidad con que se hilvana la sordidez en los versos que van haciendo crecer las sensaciones de asco para culminar con una escena de tristeza absoluta.
Y en un cuarto pequeño, entre edificios, un bendito viejo jubilado pule la memoria en el reflejo de su lanza. Llora y bebe en silencio. Busca en el yeso desprendido del pretilla figura de un dragón que degollar.
Luego aparece el mar, su presencia al menos, por el que la voz pasea para ofrecer algunas estampas, también de soledad y de abyección, quizá con mayor precisión para el dolor que en el apartado anterior. “Mar y soplo”, como se denomina esta sección, es un recorrido por imágenes más concretas: calles, muelles, viajes, semáforos, todos espejos donde el poeta se refleja para encontrar frustraciones, un estado de ánimo constante y una voz que comienza a despegar para preguntarse, para hablar de sí misma, de la poesía y del lector.Lo urbano se convierte en el nuevo desierto. Aunque atestada, la ciudad se mira desde la soledad, desde la altura de un avión, desde el recuerdo. Al no haber un claro hilo conductor en este fragmento del libro, la lectura se vuelve más pausada y corresponde al lector construir su propia totalidad. Cada poema propone espacios distintos, el poeta se da el tiempo de escudriñar con mayor calma lo que sucede en los espejos a los que se asoma.Con esta primera obra, Toledo se arriesga a no repetirse, a continuar la búsqueda por los más diversos caminos como el mismo libro lo muestra: un autor que no se ciñe a ninguna forma aun si la encuentra cómoda.Cierto es que en Quicio algunas figuras se repiten sin explotar otras posibilidades, no pocos adjetivos restan fuerza a imágenes que podrían impactar más; de pronto, muy de pronto, saltan las asonancias que detienen el fluir de la lectura, sobre todo cuando se intenta hacerlo en voz alta, pero los versos de esta breve obra atinan en contar con gran honestidad el mundo que su autor descubre.
Luis Téllez-Tejeda (Naucalpan, México, 1983) es poeta, cronista y editor. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado poesía en los libros colectivos Crimen confeso (Daga, 2003), Espacio en disidencia (Praxis, 2005), Al frío de los cuatro vientos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006) y Los mejores poemas mexicanos (Joaquín Mortiz; FLM, 2006); en las revistas Viento en vela, Literal y Punto de partida; en el suplemento cultural Arena y el periódico Unomásuno. Ha publicado reseñas y artículos en Libros de México, El bibliotecario, Solario y Punto de partida. Es editor del boletín sobre literatura infantil-juvenil y promoción de lectura Puntos y líneas, coordina el área de publicaciones del capítulo México del International Board on Books for Young People. Imparte talleres de creación literaria para niños de poblaciones vulnerables dentro del programa Alas y Raíces del Conaculta. Ha participado en diversos congresos en México, Brasil y Cuba.
Y en un cuarto pequeño, entre edificios, un bendito viejo jubilado pule la memoria en el reflejo de su lanza. Llora y bebe en silencio. Busca en el yeso desprendido del pretilla figura de un dragón que degollar.
Luego aparece el mar, su presencia al menos, por el que la voz pasea para ofrecer algunas estampas, también de soledad y de abyección, quizá con mayor precisión para el dolor que en el apartado anterior. “Mar y soplo”, como se denomina esta sección, es un recorrido por imágenes más concretas: calles, muelles, viajes, semáforos, todos espejos donde el poeta se refleja para encontrar frustraciones, un estado de ánimo constante y una voz que comienza a despegar para preguntarse, para hablar de sí misma, de la poesía y del lector.Lo urbano se convierte en el nuevo desierto. Aunque atestada, la ciudad se mira desde la soledad, desde la altura de un avión, desde el recuerdo. Al no haber un claro hilo conductor en este fragmento del libro, la lectura se vuelve más pausada y corresponde al lector construir su propia totalidad. Cada poema propone espacios distintos, el poeta se da el tiempo de escudriñar con mayor calma lo que sucede en los espejos a los que se asoma.Con esta primera obra, Toledo se arriesga a no repetirse, a continuar la búsqueda por los más diversos caminos como el mismo libro lo muestra: un autor que no se ciñe a ninguna forma aun si la encuentra cómoda.Cierto es que en Quicio algunas figuras se repiten sin explotar otras posibilidades, no pocos adjetivos restan fuerza a imágenes que podrían impactar más; de pronto, muy de pronto, saltan las asonancias que detienen el fluir de la lectura, sobre todo cuando se intenta hacerlo en voz alta, pero los versos de esta breve obra atinan en contar con gran honestidad el mundo que su autor descubre.
Luis Téllez-Tejeda (Naucalpan, México, 1983) es poeta, cronista y editor. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado poesía en los libros colectivos Crimen confeso (Daga, 2003), Espacio en disidencia (Praxis, 2005), Al frío de los cuatro vientos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006) y Los mejores poemas mexicanos (Joaquín Mortiz; FLM, 2006); en las revistas Viento en vela, Literal y Punto de partida; en el suplemento cultural Arena y el periódico Unomásuno. Ha publicado reseñas y artículos en Libros de México, El bibliotecario, Solario y Punto de partida. Es editor del boletín sobre literatura infantil-juvenil y promoción de lectura Puntos y líneas, coordina el área de publicaciones del capítulo México del International Board on Books for Young People. Imparte talleres de creación literaria para niños de poblaciones vulnerables dentro del programa Alas y Raíces del Conaculta. Ha participado en diversos congresos en México, Brasil y Cuba.
martes, 19 de agosto de 2008
Roxana Elvridge-Thomas y Álvaro Solis, sobre Quicio.
Dos de los poetas que más respeto y además que más aprecio como personas, escribieron unos textos muy chidos sobre Quicio y los versos que hay en él. Acá dejo esas amables palabras de estos poetas a manera de agradecimiento para ellos (aunque más parezca promoción de mi libro).
Si la poesía no es fuego vivo, no es poesía. Creo que cada uno de los versos que conforman un poema, un libro de poemas, una obra, debe tener ese calor que arde sobre la piel, sobre la mirada de quien lee, sobre los poros de quien escucha. Así, en la tradición poética de nuestro país, podemos encontrar inmejorables ejemplos, ni qué decir de otras tradiciones, donde la memoria privilegia la honestidad, la fuerza con que una obra se ha sazonado en el oscuro y a veces luminoso corazón de los poetas. Son precisamente este tipo de obras las que nos avasallan, que permanecen y permanecerán imbatibles ante la adversidad del tiempo y la desmemoria.
Este es un compromiso que advierto de inmediato en la poesía de Julio Cesar Toledo, quien con una voz potente y de alto registro, da cuenta del mundo, de la ciudad, de los sentimientos que le han tocado en suerte, ya el amor, el abandono o esa extraña soledad de los que viven esta inclemente, placentera, superpoblada pero a la vez desértica Ciudad de México.
Así sabemos que, como Bagdag, esta ciudad también es el centro de la tierra, como lo es Veracruz o Dinamarca. Cualquier lugar real o imaginario en donde nos atrevamos a poner nuestro pies, se convierte de inmediato en el centro de la tierra, porque como sentencia Julio César en uno de sus versos más luminosos, todo lo que nos rodea es un desierto, un frío y a la vez caluroso, un hermoso e interminable desierto.
Es este afán del mundo por ser desierto lo que quizá ha motivado a Julio César a escribir sobre la aridez, los secos paisajes, la inclemencia del día a día, el peregrinar por esa adversidad del aire, de la incandescente arena que calcina cada uno de nuestros pasos y nuestros anhelos. Si en Edmond Jabés, el desierto es una metáfora de la imposibilidad escritura, en Toledo, el desierto representa la adversidad, lo nefasto, lo errabundo de la vida. ¿Cuál de estas dos opciones será la más terrible? Si las palabras ardiendo adentro de nuestro corazón condenadas al perpetuo silencio, o las palabras ardiendo en nuestras manos, llenando las hojas en blanco, destinadas a su vez a este otro desierto donde el tiempo nos deshidrata sin matarnos. Creo que ambas son posibilidades igual de terribles, creo también que las dos son apuestas hacia la sinceridad de la escritura y atañen a la esencia misma de la condición humana.
El desierto es el lugar en donde no debería habitar nadie, ni nada, como aquel Desierto de Atacama al que canta, al punto del delirio, nuestro admirado Raúl Zurita. Si el desierto es la imposibilidad ya de la escritura o de la plenitud humana, es un hecho que lo que realmente yace detrás del silencio o la infelicidad es la condena a la errancia, a no poder quedarnos quietos en esa tranquilidad de los que son felices y plenos. No podemos sino habitar nuestra condena impuesta por el destino al que nos enfrenta cada día el lenguaje y el ejercicio de la escritura, al que nos condena el interminable oficio de vivir.
Al margen de lo anterior, quiero señalar algo que llama mi atención en cuanto a Quicio y a su autor Julio César Toledo, me refiero a su procedencia académica y formativa, en especial al Claustro de Sor Juana. Y es que son varios los poetas que han surgido y han formado allí, y de los que he tenido noticia, se me vienen algunos nombres como Roxana Elvridge-Thomas, Hernán Bravo Varela, Elvia Navarro o más recientemente a Juan Carlos Cabrera Pons y claro, el poeta que hoy nos ocupa. Más allá de las convergencias o divergencias que puedan existir en la obra de los autores a quienes acabo de señalar, creo que debe el Claustro es uno de los centro neurálgico de la nueva poesía joven de nuestro país.
QUICIO, O EL MITO QUE REINVENTA EL POETA
Roxana Elvridge-Thomas
Quicio, de Julio César Toledo, es revelador desde su título. Hablar de un libro como un “quicio” nos remite a traspasar una entrada, sí, pero también a adentrarnos en el íntimo universo del autor, a internarnos en su palabra y dejarnos seducir por sus ritmos para, temblorosos, descubrir los misterios que yacen en el interior.
Al traspasar el marco, nos encontramos con las dos habitaciones interiores que el poeta nos quiere mostrar en esta reunión, en este libro: “Fuego en tierra” y “Mar y soplo”, donde nos encontramos en primer lugar con el tema del desierto en diversas acepciones y posteriormente arribamos a la morada del mar y el aire. Ambos aposentos se complementan y cruzan entre sí de una manera armónica, con inteligentes hilos conductores (pasillos y pasajes, puertas correderas, ventanas, balcones) entre ambas secciones-moradas.
Nos hallamos entonces en un libro- estancia con poemas contundentes, gran ritmo e imágenes poderosas, altamente sensoriales. Julio es dueño de una voz propia que se mantiene a lo largo de todo el poemario, demostrando dominio de su oficio poético. Muchos de los poemas que se congregan en Quicio manejan intertextualidades muy bien resueltas, las cuales dan a los textos una especial calidad plurisémica y evocadora. Lo anterior se debe a que el autor conoce perfectamente su tradición, se inscribe en ella y a partir del lugar que ha elegido, crea sus poemas. Denota una muy buena asimilación de sus lecturas lo cual le permite entablar diálogos a muy diversos niveles: con otros poetas, con sus objetos de estudio, con el pasado, con la vida contemporánea, con su condición humana. Los poemas también entablan cómplices diálogos entre ellos mismos, por lo que en cada sección hay poemas clave que nos traen al hoy de una manera reflexiva y en torno a los cuales se crea la constelación de los otros poemas.
Los poemas breves poseen una potencia que les dota de un carácter rotundo, de certeza recién descubierta y compartida con el atónito lector que sólo atina a asentir embelesado. Tal es el caso de poemas como “Fuego nocturno”, “Todopoderoso”, “Este Pulso”, “Detente ya silencio”, “Media noche en Bagdad”, “Sea” y el extraordinario “Madrugada en Nefud”.
En los poemas extensos que encontramos en el libro, logra el autor mantener tanto su voz poética como un carácter perentorio que evita que el poema se caiga. Es realmente placentero abrir un libro y encontrarse con un poema extenso tan certero, bello y vigoroso como “Cuando digo desierto”, de una factura extraordinaria, o más adelante esa otra joya que es “Un dragón para San Jorge”.
En todos los poemas hay una interesante creación de atmósferas que se van decantando a lo largo del poemario desde la pesadez del desierto, donde el aliento cálido que emana de estos poemas se pega a la epidermis del lector y embarga su lectura, hasta los aéreos poemas finales, pasando por la humedad que conecta a ambos elementos (aire y fuego) con tino y lucidez.
Un aspecto que me interesa señalar es en la mitificación que lleva a cabo Julio César Toledo tanto del espacio como del poeta mismo. A lo largo del libro se observa la geografía mitificada, así como la idea de tiempo mítico: aquél que sucedió en el principio de los tiempos, pero que se repite cíclicamente gracias al rito que lo propicia, que es el decirlo en el poema. Asistimos a la búsqueda y descubrimiento del origen: el agua fecunda, el pez primigenio, la ciudad de arena, la primera ciudad.
Encontramos acciones fundadoras que precisamente al ser dichas vuelven a crear para nosotros el universo mítico de Julio. Asistimos al develamiento del axis mundi, que es muy específico en “Medianoche en Bagdad”:
Bagdad es el centro de la tierra
Porque todo alrededor es un desierto.
Pero ese centro de la creación se extiende, es el silencio, el sol que quema en el desierto, el lugar en que fue engendrado ese personaje que es la voz poética. Y la voz poética no solamente habita el desierto, ella es el desierto, ya que a donde vaya el desierto lo sigue, todo lo que hace, todo lo que dice, el desierto lo embarga. Tal es la trascendencia de esa primera sección del libro.
Más adelante, el mito fluye en su entorno líquido, se hace grácil con el viento, pero nunca olvida el germen calcinante de su origen desértico y esa llaga de la que mana la mejor poesía.
_________________________________________________________________
Roxana Elvridge-Thomas

Quicio, de Julio César Toledo, es revelador desde su título. Hablar de un libro como un “quicio” nos remite a traspasar una entrada, sí, pero también a adentrarnos en el íntimo universo del autor, a internarnos en su palabra y dejarnos seducir por sus ritmos para, temblorosos, descubrir los misterios que yacen en el interior.
Al traspasar el marco, nos encontramos con las dos habitaciones interiores que el poeta nos quiere mostrar en esta reunión, en este libro: “Fuego en tierra” y “Mar y soplo”, donde nos encontramos en primer lugar con el tema del desierto en diversas acepciones y posteriormente arribamos a la morada del mar y el aire. Ambos aposentos se complementan y cruzan entre sí de una manera armónica, con inteligentes hilos conductores (pasillos y pasajes, puertas correderas, ventanas, balcones) entre ambas secciones-moradas.
Nos hallamos entonces en un libro- estancia con poemas contundentes, gran ritmo e imágenes poderosas, altamente sensoriales. Julio es dueño de una voz propia que se mantiene a lo largo de todo el poemario, demostrando dominio de su oficio poético. Muchos de los poemas que se congregan en Quicio manejan intertextualidades muy bien resueltas, las cuales dan a los textos una especial calidad plurisémica y evocadora. Lo anterior se debe a que el autor conoce perfectamente su tradición, se inscribe en ella y a partir del lugar que ha elegido, crea sus poemas. Denota una muy buena asimilación de sus lecturas lo cual le permite entablar diálogos a muy diversos niveles: con otros poetas, con sus objetos de estudio, con el pasado, con la vida contemporánea, con su condición humana. Los poemas también entablan cómplices diálogos entre ellos mismos, por lo que en cada sección hay poemas clave que nos traen al hoy de una manera reflexiva y en torno a los cuales se crea la constelación de los otros poemas.
Los poemas breves poseen una potencia que les dota de un carácter rotundo, de certeza recién descubierta y compartida con el atónito lector que sólo atina a asentir embelesado. Tal es el caso de poemas como “Fuego nocturno”, “Todopoderoso”, “Este Pulso”, “Detente ya silencio”, “Media noche en Bagdad”, “Sea” y el extraordinario “Madrugada en Nefud”.
En los poemas extensos que encontramos en el libro, logra el autor mantener tanto su voz poética como un carácter perentorio que evita que el poema se caiga. Es realmente placentero abrir un libro y encontrarse con un poema extenso tan certero, bello y vigoroso como “Cuando digo desierto”, de una factura extraordinaria, o más adelante esa otra joya que es “Un dragón para San Jorge”.
En todos los poemas hay una interesante creación de atmósferas que se van decantando a lo largo del poemario desde la pesadez del desierto, donde el aliento cálido que emana de estos poemas se pega a la epidermis del lector y embarga su lectura, hasta los aéreos poemas finales, pasando por la humedad que conecta a ambos elementos (aire y fuego) con tino y lucidez.
Un aspecto que me interesa señalar es en la mitificación que lleva a cabo Julio César Toledo tanto del espacio como del poeta mismo. A lo largo del libro se observa la geografía mitificada, así como la idea de tiempo mítico: aquél que sucedió en el principio de los tiempos, pero que se repite cíclicamente gracias al rito que lo propicia, que es el decirlo en el poema. Asistimos a la búsqueda y descubrimiento del origen: el agua fecunda, el pez primigenio, la ciudad de arena, la primera ciudad.
Encontramos acciones fundadoras que precisamente al ser dichas vuelven a crear para nosotros el universo mítico de Julio. Asistimos al develamiento del axis mundi, que es muy específico en “Medianoche en Bagdad”:
Bagdad es el centro de la tierra
Porque todo alrededor es un desierto.
Pero ese centro de la creación se extiende, es el silencio, el sol que quema en el desierto, el lugar en que fue engendrado ese personaje que es la voz poética. Y la voz poética no solamente habita el desierto, ella es el desierto, ya que a donde vaya el desierto lo sigue, todo lo que hace, todo lo que dice, el desierto lo embarga. Tal es la trascendencia de esa primera sección del libro.
Más adelante, el mito fluye en su entorno líquido, se hace grácil con el viento, pero nunca olvida el germen calcinante de su origen desértico y esa llaga de la que mana la mejor poesía.
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CUANDO TODO SE FUNDE Y LA PIEL SE NOS INCENDIA,
Quicio, nuevo libro de Julio César Toledo
Quicio, nuevo libro de Julio César Toledo
Si la poesía no es fuego vivo, no es poesía. Creo que cada uno de los versos que conforman un poema, un libro de poemas, una obra, debe tener ese calor que arde sobre la piel, sobre la mirada de quien lee, sobre los poros de quien escucha. Así, en la tradición poética de nuestro país, podemos encontrar inmejorables ejemplos, ni qué decir de otras tradiciones, donde la memoria privilegia la honestidad, la fuerza con que una obra se ha sazonado en el oscuro y a veces luminoso corazón de los poetas. Son precisamente este tipo de obras las que nos avasallan, que permanecen y permanecerán imbatibles ante la adversidad del tiempo y la desmemoria.
Este es un compromiso que advierto de inmediato en la poesía de Julio Cesar Toledo, quien con una voz potente y de alto registro, da cuenta del mundo, de la ciudad, de los sentimientos que le han tocado en suerte, ya el amor, el abandono o esa extraña soledad de los que viven esta inclemente, placentera, superpoblada pero a la vez desértica Ciudad de México.
Así sabemos que, como Bagdag, esta ciudad también es el centro de la tierra, como lo es Veracruz o Dinamarca. Cualquier lugar real o imaginario en donde nos atrevamos a poner nuestro pies, se convierte de inmediato en el centro de la tierra, porque como sentencia Julio César en uno de sus versos más luminosos, todo lo que nos rodea es un desierto, un frío y a la vez caluroso, un hermoso e interminable desierto.
Es este afán del mundo por ser desierto lo que quizá ha motivado a Julio César a escribir sobre la aridez, los secos paisajes, la inclemencia del día a día, el peregrinar por esa adversidad del aire, de la incandescente arena que calcina cada uno de nuestros pasos y nuestros anhelos. Si en Edmond Jabés, el desierto es una metáfora de la imposibilidad escritura, en Toledo, el desierto representa la adversidad, lo nefasto, lo errabundo de la vida. ¿Cuál de estas dos opciones será la más terrible? Si las palabras ardiendo adentro de nuestro corazón condenadas al perpetuo silencio, o las palabras ardiendo en nuestras manos, llenando las hojas en blanco, destinadas a su vez a este otro desierto donde el tiempo nos deshidrata sin matarnos. Creo que ambas son posibilidades igual de terribles, creo también que las dos son apuestas hacia la sinceridad de la escritura y atañen a la esencia misma de la condición humana.
El desierto es el lugar en donde no debería habitar nadie, ni nada, como aquel Desierto de Atacama al que canta, al punto del delirio, nuestro admirado Raúl Zurita. Si el desierto es la imposibilidad ya de la escritura o de la plenitud humana, es un hecho que lo que realmente yace detrás del silencio o la infelicidad es la condena a la errancia, a no poder quedarnos quietos en esa tranquilidad de los que son felices y plenos. No podemos sino habitar nuestra condena impuesta por el destino al que nos enfrenta cada día el lenguaje y el ejercicio de la escritura, al que nos condena el interminable oficio de vivir.
Al margen de lo anterior, quiero señalar algo que llama mi atención en cuanto a Quicio y a su autor Julio César Toledo, me refiero a su procedencia académica y formativa, en especial al Claustro de Sor Juana. Y es que son varios los poetas que han surgido y han formado allí, y de los que he tenido noticia, se me vienen algunos nombres como Roxana Elvridge-Thomas, Hernán Bravo Varela, Elvia Navarro o más recientemente a Juan Carlos Cabrera Pons y claro, el poeta que hoy nos ocupa. Más allá de las convergencias o divergencias que puedan existir en la obra de los autores a quienes acabo de señalar, creo que debe el Claustro es uno de los centro neurálgico de la nueva poesía joven de nuestro país.
lunes, 18 de agosto de 2008
Estos días de volver

Este es un poema viejito que quedó inmortalizado en un mural allá en polanco, en un lugar llamado "el semillero" (http://www.semillero.net/). Gracias a Eve, por pensar en mí para ello.
SALMO DE LA PASIÓN
Hay un núcleo en la sangre que la agolpa.
Inyecta la pupila con su aliento, dilata los alvéolos:
bufa/ Mata/ dibuja en las espaldas.
Fuego líquido que irisa las banquetas,
mirada y lontananza; es arritmia anterior a la locura
¡es la locura!
Es el grito y su raíz, origen bestial de todo origen:
implosión/ Big Bang/ barro en el fuego.
Hay un núcleo en la sangre que desboca.
Inyecta la pupila con su aliento, dilata los alvéolos:
bufa/ Mata/ dibuja en las espaldas.
Fuego líquido que irisa las banquetas,
mirada y lontananza; es arritmia anterior a la locura
¡es la locura!
Es el grito y su raíz, origen bestial de todo origen:
implosión/ Big Bang/ barro en el fuego.
Hay un núcleo en la sangre que desboca.
Púrpura infinito de tormentas en la cama.
Pasión, imploramos tu presencia.
viernes, 8 de agosto de 2008
Otro de Quicio

PAISAJE
I
En la vereda la luz se multiplica.
Tras el manto de nieve un bosque se adivina,
se presiente un follaje, un marzo
que dejó un paisaje inacabado.
No hay límite preciso que divida
la blancura del cielo del árbol que me observa.
El frío
es inmóvil silencio que penetra,
ahuyenta a las ardillas;
todo, excepto la esperanza, se congela.
II
Para volver
sigo las huellas del día sobre el camino,
retazos de pisadas en la nieve
(debo adelantármele, se va).
El ocaso pierde brillo.
En la montaña se oye
la noche que desciende resbalando:
alud que se aproxima.
Y
tras el manto nocturno se anticipa
la mañana con su luz.
I
En la vereda la luz se multiplica.
Tras el manto de nieve un bosque se adivina,
se presiente un follaje, un marzo
que dejó un paisaje inacabado.
No hay límite preciso que divida
la blancura del cielo del árbol que me observa.
El frío
es inmóvil silencio que penetra,
ahuyenta a las ardillas;
todo, excepto la esperanza, se congela.
II
Para volver
sigo las huellas del día sobre el camino,
retazos de pisadas en la nieve
(debo adelantármele, se va).
El ocaso pierde brillo.
En la montaña se oye
la noche que desciende resbalando:
alud que se aproxima.
Y
tras el manto nocturno se anticipa
la mañana con su luz.
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