martes, 5 de abril de 2011

La muerte de los hijos

Que se nos mueran los hijos en los brazos. No en fiestas o accidentes, que en madrugadas nos roban sueño y aliento desde el día que nacieron. Que se nos mueran lentamente, goteando sangre sus tráqueas, en nuestros paralizados brazos de torpísimos amores. Que se nos mueran baleados por los padres de otros hijos también muertos. Que se nos mueran de ojitos apagados, con improvisadas capas de volar echas de toallas viejas, o disfraces afelpados de conejos busca dulces. Que se nos mueran los hijos en los brazos mientras dicen con alientos ahogados sus últimas palabras: odiemos en voz alta estas calles sin banqueta. Que se nos mueran de veras, sin liturgias ni dioses, ni indemnizaciones. Que se mueran los míos, lo tuyos; los ricos y los pobres. Que se mueran todos y abarroten los panteones. Que no haya espacio en los hornos que incineran a los muertos, ni una línea en los diarios donde escribir esquelas infantiles. Que todo nos recuerde la infamia con que fueron acabados, la indolencia con que pagamos a plazos sus muertecitas. Que el silencio se adueñe de los parques los domingos y en el viento habite (y traiga hasta nosotros) un horrible vacío, cobarde y lacerante que entre corte la respiración y no nos mate. Que se nos mueran los hijos en los brazos. Que esa escena se repita en la tele, en la radio, en el pecho y también en los espejos. Que el inmenso dolor no deje escribir a los poetas; los gobernantes no puedan decidir, ni soñar con el poder, ni hacer dinero; que a los cantantes se les haga un nudo en la garganta y todo sea en el mundo pesadumbre. Que se nos mueran las ganas, los anhelos, los pobrecitos hijos que trajimos a este mundo de metrallas. Que se mueran los hijos en los brazos de sus padres, porque así, de alguna forma, lo quisimos.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El génesis


Sumergido en un sillón que era de arena movediza, Kurt Cubain, pasaba las tardes de los últimos días entre pinchazos de aguja y programas de concurso en televisión -dicen algunos que le encantaban-. Ocasionalmente rasgaba un par de notas en su guitarra –quienes la oyeron dicen que sonaba igual que mil furias marinas en mitad de la tormenta-. Un día, se cree que después de una llamada de Courtney, decidió que al mundo no le hacía falta su presencia y a él permanecer en esta tierra, y se disparó con una escopeta, regando sus sesos por toda la sala -que se iluminó como si fuera el medio día-. Esa misma noche, Kurt ya estaba sentado en la diestra del padre –que los teólogos no ha decidido aún si es Elvis, Lennon o alguien más cercano al grunge-. Al mundo le empezó a hacer falta su presencia pero, al mismo tiempo, Kurt empezó a estar en todos lados; se nos volvió omnipresente, misericordioso con las versiones de “Smells Like Teen Spirit”. Todos sabemos que en donde dos o más se reúnen a escuchar el “Nevermind”, está él presente, mirándonos con sus pequeños ojos azules y cobijándonos con su suéter café.

lunes, 31 de enero de 2011

Escritura Nada

Signo de fuego nuestra nervadura,
del miedo la sutil pornografía;
oficio éste de hacer la melodía
con aguardientes y desagarradura.

Explorando pueril la geografía:
espaldas desporvistas de armadura
que del canto serán anatomía
transparente, quemante pero muda.

Así traza su rasgo la amargura
disfrazada de amable simpatía.
Limítrofe quehacer de su locura:

ese fuego crispará con su bravura
cualquier intento vil de valentía
confinándolo a ser sólo escritura.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Diccionario de la violencia mexicana

A partir de una reciente experiencia, he comenzado un proyecto de reflexión sobre el signifcado de las palabras al que le he llamado Diccionario de la violencia mexicana y cuyos avances, amablemente, publica la escritora catalana Lolita Bosch, en un blog que gestiona sobre el tema. Además ah doc, creo, con estos días de crítica masiva a la RALE. Les dejo el link.


http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com/2010/11/julio-cesar-toledo-es-victima-de-un.html

miércoles, 27 de octubre de 2010

Radiorafías


El día de hoy (Miércoles 27 de octubre) se transmite en La capitalina, la entrevista que le realicé al poeta Javier Peñalosa. Está muy bueno.



viernes, 22 de octubre de 2010

Un poema

Prometeo escritor

No podrás escribir el fuego.
Si estiras la mano y el sol te deja acariciarlo,
si pisas el cielo o viertes sobre el mar tus lagrimones,
no podrás;
está vedado
como los signos antiguos del amor.
No podrás llevar contigo sus acentos
ni tus reglas sintácticas-absurdas- podrán sobrevivir a su fulgor aniquilante.
No podrás,
como no pudo jamás ningún profeta
ponerle nombre a dios sin destruirlo.
Harás de los intentos un oficio
y creerás poner redil a sus seseos.
De heroicos versos querrás pintar su anaranjado,
su oleaje incandescente emularás frase tras frase,
y aunque inventes idiomas
o un lenguaje secreto hagas bañar en combustible,
no podrás escribirlo, Prometeo.
Ni siquiera en tu piel como un tatuaje
ni en bombillas de enormes edificios.
Habrá noches de asfixia
en que una aurora precoz venga a buscarte
engañándote con trazas de flama refulgente.
Ten en cuenta en esos ratos de pueril algarabía que el verano es narcótico
que sabe a miel.
No tendrás palabra exacta que lo nombre.
No habrá letra que resista dicha fragua:
en trazo de ritual caligrafía creerás encender chispa,
blandirás la pluma entonces , engreído, como antorcha;
capitales e itálicas fundidas te harán hazmerreir de la nación.
No has de poder escribir fuego
nunca
aunque lo intentes.
Así empeñes la carne y las ideas
o la muerte apadrine tu futuro.
En el lecho de un río o en la banqueta,
borracho de todo, de sentido;
consumido al fin por la derrota
-tus mejillas ajadas por el frío en que se hielan los deseos abandonados-
nombrarás complacido carbón tus pobres versos.
Eso es todo a lo que puedes aspirar.

viernes, 1 de octubre de 2010

Amanece la patria

Son las cuatro de la mañana. Ya hace un rato que el muchacho llegó al puesto, y han pasado unas horas desde que despertó. No es el taquero, sino su asistente. En la simple cadena de mando de un puesto de tacos de carnitas, ocupa el peldaño más bajo. No hay gente en la calle, apenas unos coches aislados pasan volados sin respetar semáforos y señales. La madrugada no es callada, un radio y sus cumbias median la apenas claridad del momento. Doña cualquiera, del puesto de jugos, le sube al volumen y agita el brazo en recuerdo de los bailes de sus mejores días, allá en su pueblo. Junto a la cumbia suena, como eco de la intricada letra de la canción, el chirrido de las vísceras del cerdo en el aceite hirviendo dentro del gran caso de cobre; la esquina completa huele a aceite quemado de días. Quitar las cadenas que sujetan el puesto de lámina; sacar las rejillas de refrescos, encender el fuego proveniente de una dudosa instalación de gas, echar el cerdo al perol, picar la cebolla, limpiar y barrer; son las tareas que le tocan al muchacho. Son las tareas que realiza de manera automática, una tras otra siempre en el mismo orden. Una tras otra sin alterar nada de lo que las conforma, sin preguntarse nunca nada. Así se deben hacer. Lo único que varía cada mañana es la cumbia de fondo, el contenido del chisme que la doña bailadora enuncia como una letanía, que aunque se la dice a él, parece más bien un soliloquio, una trampa contra la soledad y un desamor de antaño. El muchacho echa agua con jabón sobre el disparejo pavimento que rodea al puesto. Todo es una sola cosa: la grasa añeja, los restos de lluvia, el cubetazo. Pequeños charcos de agua sucia permanecen aún después de los violentos escobazos del asistente de taquero. El sol, hace sus primeros intentos. Es una alarma de que hay que apurarse, porque un poco antes de las seis comienzan a pasar los señores que van camino al metro. Un bostezo interrumpe el acomodo del papel de estraza sobre los patos amarillos, tiene sueño porque ayer vio a la muchacha que le gusta hasta las diez, y se levantó a las tres para llegar al puesto. Pela los ojos en un ejercicio de autocontrol, pela los ojos y se dice en silencio que agradece tener chamba, lo dice para él pero queriendo que lo oiga dios o la virgen, quien esté más cerca. Hoy es viernes y le pagan la semana. Hoy le pagan la semana y le comprará un regalo a la muchacha que, si todo sale bien, ha de ser su novia. Le comprará un regalo para que vea que va enserio y que tiene buenas intenciones. Pero primero hay que acabar de acomodar todo: servilletas, salsas, el vaso con ramas de quelites. El taquero empieza ya a picar la maciza sobre el tronco. Los que van a trabajar pueblan la calle antes vacía. Hay más coches y más ruido y el sonido de las cumbias se esconde tras escapes y esporádicos cláxones que son la voz habitual de la ciudad. La mañana y la tarde son una pausa, un paréntesis de comensales que piden tacos y refrescos. A las seis comienzan al levantar el puesto. El taquero debe llegar a las ocho al otro puesto, y el muchacho se va para su casa. Pero antes hay que hacer lo mismo que en la madrugada pero a la inversa. Hay que meter las rejillas de refrescos, apagar el fuego, cerrar el puesto de lámina. Y barrer, eso sí, igualito. Echa agua con jabón, arremete el pavimento con la escoba. La grasa del perol, la mugre, el sueño, se mezcla en esa agua puerca. Capa de suciedad tras capa nomás perfumada con el jabón barato que se compra por litro. Y así, al infinito, tantos días como el año trae por dentro, tantos años como se tarda en subir un peldaño en la cadena social de un puesto de tacos. Hasta que haya boda con la chamaca ésa, y entonces a buscarse el chance de irse de mojado al otro lado. Pero mientras, sobre todo mientras el taquero ve, a darle bien duro a la escoba y terminar temprano, y bien.