miércoles, 30 de marzo de 2011

El génesis


Sumergido en un sillón que era de arena movediza, Kurt Cubain, pasaba las tardes de los últimos días entre pinchazos de aguja y programas de concurso en televisión -dicen algunos que le encantaban-. Ocasionalmente rasgaba un par de notas en su guitarra –quienes la oyeron dicen que sonaba igual que mil furias marinas en mitad de la tormenta-. Un día, se cree que después de una llamada de Courtney, decidió que al mundo no le hacía falta su presencia y a él permanecer en esta tierra, y se disparó con una escopeta, regando sus sesos por toda la sala -que se iluminó como si fuera el medio día-. Esa misma noche, Kurt ya estaba sentado en la diestra del padre –que los teólogos no ha decidido aún si es Elvis, Lennon o alguien más cercano al grunge-. Al mundo le empezó a hacer falta su presencia pero, al mismo tiempo, Kurt empezó a estar en todos lados; se nos volvió omnipresente, misericordioso con las versiones de “Smells Like Teen Spirit”. Todos sabemos que en donde dos o más se reúnen a escuchar el “Nevermind”, está él presente, mirándonos con sus pequeños ojos azules y cobijándonos con su suéter café.

lunes, 31 de enero de 2011

Escritura Nada

Signo de fuego nuestra nervadura,
del miedo la sutil pornografía;
oficio éste de hacer la melodía
con aguardientes y desagarradura.

Explorando pueril la geografía:
espaldas desporvistas de armadura
que del canto serán anatomía
transparente, quemante pero muda.

Así traza su rasgo la amargura
disfrazada de amable simpatía.
Limítrofe quehacer de su locura:

ese fuego crispará con su bravura
cualquier intento vil de valentía
confinándolo a ser sólo escritura.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Diccionario de la violencia mexicana

A partir de una reciente experiencia, he comenzado un proyecto de reflexión sobre el signifcado de las palabras al que le he llamado Diccionario de la violencia mexicana y cuyos avances, amablemente, publica la escritora catalana Lolita Bosch, en un blog que gestiona sobre el tema. Además ah doc, creo, con estos días de crítica masiva a la RALE. Les dejo el link.


http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com/2010/11/julio-cesar-toledo-es-victima-de-un.html

miércoles, 27 de octubre de 2010

Radiorafías


El día de hoy (Miércoles 27 de octubre) se transmite en La capitalina, la entrevista que le realicé al poeta Javier Peñalosa. Está muy bueno.



viernes, 22 de octubre de 2010

Un poema

Prometeo escritor

No podrás escribir el fuego.
Si estiras la mano y el sol te deja acariciarlo,
si pisas el cielo o viertes sobre el mar tus lagrimones,
no podrás;
está vedado
como los signos antiguos del amor.
No podrás llevar contigo sus acentos
ni tus reglas sintácticas-absurdas- podrán sobrevivir a su fulgor aniquilante.
No podrás,
como no pudo jamás ningún profeta
ponerle nombre a dios sin destruirlo.
Harás de los intentos un oficio
y creerás poner redil a sus seseos.
De heroicos versos querrás pintar su anaranjado,
su oleaje incandescente emularás frase tras frase,
y aunque inventes idiomas
o un lenguaje secreto hagas bañar en combustible,
no podrás escribirlo, Prometeo.
Ni siquiera en tu piel como un tatuaje
ni en bombillas de enormes edificios.
Habrá noches de asfixia
en que una aurora precoz venga a buscarte
engañándote con trazas de flama refulgente.
Ten en cuenta en esos ratos de pueril algarabía que el verano es narcótico
que sabe a miel.
No tendrás palabra exacta que lo nombre.
No habrá letra que resista dicha fragua:
en trazo de ritual caligrafía creerás encender chispa,
blandirás la pluma entonces , engreído, como antorcha;
capitales e itálicas fundidas te harán hazmerreir de la nación.
No has de poder escribir fuego
nunca
aunque lo intentes.
Así empeñes la carne y las ideas
o la muerte apadrine tu futuro.
En el lecho de un río o en la banqueta,
borracho de todo, de sentido;
consumido al fin por la derrota
-tus mejillas ajadas por el frío en que se hielan los deseos abandonados-
nombrarás complacido carbón tus pobres versos.
Eso es todo a lo que puedes aspirar.

viernes, 1 de octubre de 2010

Amanece la patria

Son las cuatro de la mañana. Ya hace un rato que el muchacho llegó al puesto, y han pasado unas horas desde que despertó. No es el taquero, sino su asistente. En la simple cadena de mando de un puesto de tacos de carnitas, ocupa el peldaño más bajo. No hay gente en la calle, apenas unos coches aislados pasan volados sin respetar semáforos y señales. La madrugada no es callada, un radio y sus cumbias median la apenas claridad del momento. Doña cualquiera, del puesto de jugos, le sube al volumen y agita el brazo en recuerdo de los bailes de sus mejores días, allá en su pueblo. Junto a la cumbia suena, como eco de la intricada letra de la canción, el chirrido de las vísceras del cerdo en el aceite hirviendo dentro del gran caso de cobre; la esquina completa huele a aceite quemado de días. Quitar las cadenas que sujetan el puesto de lámina; sacar las rejillas de refrescos, encender el fuego proveniente de una dudosa instalación de gas, echar el cerdo al perol, picar la cebolla, limpiar y barrer; son las tareas que le tocan al muchacho. Son las tareas que realiza de manera automática, una tras otra siempre en el mismo orden. Una tras otra sin alterar nada de lo que las conforma, sin preguntarse nunca nada. Así se deben hacer. Lo único que varía cada mañana es la cumbia de fondo, el contenido del chisme que la doña bailadora enuncia como una letanía, que aunque se la dice a él, parece más bien un soliloquio, una trampa contra la soledad y un desamor de antaño. El muchacho echa agua con jabón sobre el disparejo pavimento que rodea al puesto. Todo es una sola cosa: la grasa añeja, los restos de lluvia, el cubetazo. Pequeños charcos de agua sucia permanecen aún después de los violentos escobazos del asistente de taquero. El sol, hace sus primeros intentos. Es una alarma de que hay que apurarse, porque un poco antes de las seis comienzan a pasar los señores que van camino al metro. Un bostezo interrumpe el acomodo del papel de estraza sobre los patos amarillos, tiene sueño porque ayer vio a la muchacha que le gusta hasta las diez, y se levantó a las tres para llegar al puesto. Pela los ojos en un ejercicio de autocontrol, pela los ojos y se dice en silencio que agradece tener chamba, lo dice para él pero queriendo que lo oiga dios o la virgen, quien esté más cerca. Hoy es viernes y le pagan la semana. Hoy le pagan la semana y le comprará un regalo a la muchacha que, si todo sale bien, ha de ser su novia. Le comprará un regalo para que vea que va enserio y que tiene buenas intenciones. Pero primero hay que acabar de acomodar todo: servilletas, salsas, el vaso con ramas de quelites. El taquero empieza ya a picar la maciza sobre el tronco. Los que van a trabajar pueblan la calle antes vacía. Hay más coches y más ruido y el sonido de las cumbias se esconde tras escapes y esporádicos cláxones que son la voz habitual de la ciudad. La mañana y la tarde son una pausa, un paréntesis de comensales que piden tacos y refrescos. A las seis comienzan al levantar el puesto. El taquero debe llegar a las ocho al otro puesto, y el muchacho se va para su casa. Pero antes hay que hacer lo mismo que en la madrugada pero a la inversa. Hay que meter las rejillas de refrescos, apagar el fuego, cerrar el puesto de lámina. Y barrer, eso sí, igualito. Echa agua con jabón, arremete el pavimento con la escoba. La grasa del perol, la mugre, el sueño, se mezcla en esa agua puerca. Capa de suciedad tras capa nomás perfumada con el jabón barato que se compra por litro. Y así, al infinito, tantos días como el año trae por dentro, tantos años como se tarda en subir un peldaño en la cadena social de un puesto de tacos. Hasta que haya boda con la chamaca ésa, y entonces a buscarse el chance de irse de mojado al otro lado. Pero mientras, sobre todo mientras el taquero ve, a darle bien duro a la escoba y terminar temprano, y bien.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Mal de muchos...

La gripe es atroz cuando uno tiene que trabajar. Desde muy temprano, la molestia en la garganta da el primer aviso de su llegada, como la nota con que las orquestas afinan que siendo sólo un sonido al aire, alinea instrumentos y anuncia ya la gloria del concierto, pero lo que se deja ver es la enfermedad. Maldita enfermedad mediocre y jodetodo. Porque un resfriado te jode; no puedes trabajar bien, no estás en tus cinco sentidos y no eres del todo tú. Todo se ve, cuando estás en medio de sus efluvios, un tanto distorsionado y podrido. La cabeza te pesa, y cada idea que logras tener le aumenta gramos al peso de ese miembro tan detestable en esos momentos. Sientes en la cintura una especie de dolorcillo como si se te hubieran acumulado moretoncillos discretos, pero que, al cabo de la sumatoria, duelen pertinaces y hondamente. La gripa es el mal de la disminución, te disminuye. Eres la resta de ti y tus capacidades. Y si hay o hubo fiebre, todo se potencia. A la resta se le suman atrocidades. Pero tampoco es que sea tan grave como para que un médico –fariseos al servicio de la empresa, el Estado, o el patrón– te mande a casa incapacitado por días. Cualquiera que se precie de ser un adulto responsable, no falta al trabajo a consecuencia de una gripe, ni paga una consulta médica –remedio siempre más doloroso que el padecimiento– por ello. Maldita enfermedad mediocre. No es un cáncer, no te mata. Pero en cambio que tino para boicotearlo todo, la vida misma se mengua en mitad de un estornudo, un tosijeo, un imparable moco quemando comisuras de labios y nariz. Y los remedios, claro, todos son inservibles engaños, placebos fútiles que no son capaces ni siquiera de llevarte al extremo de alteración donde el catarro te ha puesto. No hay píldora ni ungüento. Tampoco –y esto es decir bastante­– los ancestrales remedios de las abuelas son capaces de aminorar un poco esta impotencia de sentirse poseso, infecto, desahuciado. Valiente desahucie que no mata. En algunas culturas del mundo, no es siquiera considerada enfermedad, y eso me purga porque sí que me sentí enfermo aquella mañana. Sentí la nariz adolorida, los párpados pesados y mi saliva era lumbre cuando intentaba pasar por mi garganta ensanchada interiormente. Pero lejos de mi voz, estúpidamente diferente, y mis fosas enrojecidas por el rose de los clínex, no había síntoma evidente, nada que declarar en una llamada telefónica de “me siento mal, no voy a ir”. Maldita mediocre y atroz gripe que me no alcanzó ni remotamente para quedarme en casa a descansar.