jueves, 26 de agosto de 2010

Polvo de sentido


Fragmento de un texto publicado en la revista Tierra Adentro.


Entre muchos ejemplos uno que hay que notar es el del Irlandés Samuel Beckett. Curiosamente una de las premisas de la literatura becketiana está en sentido opuesto de lo que afirmé ya anteriormente: el lenguaje no es un ente vivo sino uno muerto, sepultado. La destrucción del lenguaje (concebida bajo el signo de la violencia más explícita) y la desconfianza en el poder de comunicar y conocer, es algo que las últimas generaciones de creadores del centro del país tiene “tatuado” en la conciencia, digamos; Cómo no generar un vínculo casi fraternal con el autor de “El innombrable” si nuestra literatura está cimentada en el sentido disoluto, en los discursos cínicos que no alcanzan a nombrar con coherencia casi nada, y ante ello, sólo existe la posibilidad metafórica: donde la realidad del enunciado se desmoronó hace muchos años a consecuencia sobre todo de nuestro contexto. La literatura de Beckett es la del balbuceo, la de la crisis del sujeto, y eso lo entendemos bien. La crisis del sujeto en las páginas de nuestros jóvenes escritores es una constante. El yo no tiene cabida en sí mismo, no se adapta ni se diluye en el colectivo, pende siempre en la duda de su propia existencia: ni fe ni renuncia, la suspensión enunciada de su identidad es la única posibilidad de existencia. Por eso mismo el público y el lector, también, aceptan con cierta gracia el discurso beckettiano en este particular aquí y ahora. Puede parecer un cliché: lo beckettiano, como lo kafkaiano, ha transcendido incluso a su propia definición. Corremos el riesgo de reducciones simplistas ante un fenómeno complejo; tantas versiones de “Esperando a godot” en nuestros teatros, tanta reinterpretación y permanencia de un autor que cumple ya los 40 años de muerto son una señal de lo sugerido. Sin embargo hay condiciones que permiten la reproducción en nuestro entorno de ciertos principios literarios potenciados por Beckett. La fragilidad y constante mutabilidad del deseo como principio, su relación con los valores tradicionales y de creencia están emparentadas también con la postergación del yo, como presencia y como entidad literaria. La primera persona de nuestra literatura más notable se ha escapado, se ha convertido en la construcción de ausencia, en donde la ciudad de México (por decir alguna) con lo que implica, se ha devorado las certezas que nos hacían funcionar. Perdemos, como ciudadanos y como creadores, dominio sobre lo real. Este no-saber está en la fragua misma del pensamiento literario contemporáneo, en su ejercicio escritural y, por supuesto, en las calles que recorremos a diario.

1 comentario:

Daniel Malpica dijo...

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